La huida

La huida -Texto la huida

Mi amiga Stacey, que comparte conmigo la visión energética del mundo (en la que asumimos un cuerpo energético además del físico y una realidad en la que coexisten muchas más cosas de las que podemos ver y tocar) me sorprendió ayer con un comentario. Lo hizo al introducir la clase de yoga nidra que guía y a la que yo asisto cada lunes.

Antes de tumbarnos en nuestras esterillas (cada uno en su casa claro está y comunicados a través de la consabida plataforma zoom) mencionó que tanto ella como varios de sus alumnos, habían observado que desde que comenzó el confinamiento, había aumentado la cantidad de sueños que tenían y que podían recordar al despertar cada mañana. En concreto comentó que en su caso así como en el caso de muchas otras personas con las que había hablado, había aumentado el número de sueños en los que el protagonista salía corriendo.

Y eso me hizo pensar en el tan consabido reflejo de “luchar” o “huir” que todos los animales, entre ellos los racionales, presentamos ante una situación que percibimos de riesgo, seamos conscientes de ello o no. Cuando nuestro cerebro se enfrenta a un evento que cataloga como “peligroso”, entra en funcionamiento todo un sistema complejo que nos llevará a tomar la decisión de afrontarla y para ello, poner toda la carne en el asador, o de huir y así evitar las tremendas consecuencias que en la mayoría de las ocasiones, son solo fruto de la imaginación, y no llegarán nunca a producirse.

En la realidad de nuestro confinamiento y de la situación que estamos viviendo ante la amenaza del Covid-19, no nos queda más remedio que correr en sueños. No podemos huir de ello, ni siquiera cuando dormimos, aunque corramos y corramos hasta perder el aliento.

Pensaba yo entonces, que es una ocasión estupenda para elegir la opción de “luchar” en lugar de la de “huir”. No porque me sienta ahora más valiente o el enemigo sea más fácil de combatir, si no porque, lo quiera o no lo quiera, no me queda más remedio si es que he tomado la decisión de mantenerme viva y de no dejarme abatir por este presente y futuro inciertos.

Y tiene gracia que a pesar de la magnitud de la tragedia que nos rodea, observo que la actitud de “lucha” que en realidad prefiero llamar de “construcción”, no la tengo que materializar en grandes decisiones o proyectos de envergadura. La actitud de “construcción” la tengo que trabajar en los aspectos más cotidianos de mi día a día.

Me doy cuenta de lo fácil que es huir de situaciones ordinarias que pueden resultar incómodas. Cuando tenemos nuestros días atiborrados de quehaceres “imprescindibles” y vamos como locos de aquí para allá apagando fuegos y resolviendo entuertos, no nos damos cuenta de las cosas que dejamos de hacer con la excusa de la falta de tiempo. Y puede ser que esa excusa que utilizamos, sea una huida encubierta.

Me explico. Ahora, con tanto tiempo en casa y con todos los miembros de la familia bajo el mismo techo 24 horas al día, me hago la siguiente reflexión;  ¿No sería mi agenda diaria atiborrada de responsabilidades ineludibles, una huida de situaciones domésticas no muy atractivas?, ¿No sería el cansancio por el trabajo, la excusa perfecta para no interesarme individualmente por las necesidades de los miembros de mi familia?, ¿No serían también el tener que llevar el peso de la casa, el mantenerme en forma y estar al día en las redes sociales las excusas perfectas para no dedicarle a las relaciones con mis amigos y familiares el tiempo que se merecen?

Pues bien. Me doy cuenta de que si no al 100 por cien, sí en un elevado porcentaje, todas esas excusas me han mantenido alejada de situaciones que en lo más profundo,  me generan desasosiego. De situaciones que inconscientemente he estado evitando por sentir que no tenía la fuerza o la energía de gestionar. O simplemente, de situaciones que me parecían incómodas de afrontar y por tanto desgastantes.

Y he aquí la gran sorpresa, el gran descubrimiento. No sólo me doy cuenta de que soy capaz de “construir” a partir de las situaciones de las que no he tenido opción de huir, si no que además, llego a la conclusión de que la creación de vínculos, la alimentación de mis relaciones y el tiempo y la atención dedicada a las necesidades de los más cercanos, me llenan infinitamente más que el día más ajetreado de mi agenda. Y aumentan mi energía.

Y que aunque en la interminable lista de quehaceres, aparezcan muchas cruces que las marquen como finalizadas, si no ha habido conexión, si no ha habido escucha activa, si no ha habido una mirada, un gesto, o una mano tendida a alguien que lo necesita, no me voy a la cama satisfecha.

Así que como ya han manifestado muchos que han tenido la dicha de vivir muchos años, y han incluso reflejado estudios hechos por prestigiosas universidades, va a resultar cierto que la conexión y las relaciones humanas son la clave de una vida plena. Y esta pandemia, esta situación histórica que nos toca vivir, pone a prueba nuestra capacidad de relación y nos da la oportunidad de experimentar lo que verdaderamente es importante, lo que verdaderamente nos llena.  Aprovechemos y aplaudamos esta coyuntura. Invertamos de manera consciente en nuestras relaciones y creemos esos lazos que nos van a dar plenitud y longevidad.

 

Dicen

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Dicen que la mejor forma de liberar las emociones estancadas es expresarlas a través del arte. Y a través del arte es como se comunican muchas personas que no logran hacerlo de otro modo. 

Qué difícil es expresar nuestras necesidades, sobre todo cuando la empatía entra en juego y se quiere siempre lo mejor para el otro. En muchas ocasiones, no nos damos cuenta de que lo que suponemos mejor para el otro, y sin pararnos a pensar, elegimos, no sólo a lo mejor no es mejor para quien así lo suponíamos, sino que además, va minando nuestra autoestima y la confianza en nosotros mismos.  

Haced la prueba. Si alguna vez sentís que perdéis vuestro poder (y no me refiero al poder tal y como se define en el diccionario, sino a la fuerza que nos mantiene vivos y palpitando a nuestros corazones), no tenéis más que empezar a tomar decisiones que llenen vuestra vida de sentido. Por pequeñas e insignificantes que parezcan. O alocadas. O fuera de lo que se espera de uno. En el momento en que las decisiones se toman desde el corazón y con la perspectiva que nos da ver el mapa completo de nuestra existencia, no nos equivocaremos. Porque además, si nos equivocamos, siempre será para aprender una lección que estaba preparada para nosotros.

Yo siento que la vida me pone a prueba cada día, cada minuto. Porque en cada decisión que tengo que tomar (numerosísimas a lo largo de la jornada) tengo que recordarme sin cesar la importancia de ponerme como prioridad. Puede sonar egoísta, pero en mi caso, es un ejercicio que no puedo dejar de hacer. No puedo olvidarlo ni un sólo instante, porque como el que aprende un idioma, lo pierde si no lo practica, el que no sabe ponerse como prioridad, no lo aprenderá si no se lo permite cada día un poquito más. Y así como a unos les toca aprender otras cosas en esta vida, a mí me ha tocado aprender entre otras ésta.

En estos tiempos de cambio y de incertidumbre, este reto personal se ha hecho todavía más difícil. O quizás no. En circunstancias cambiantes, necesitamos tener la flexibilidad de ir adaptándonos a lo que llega y manejar las situaciones con las herramientas que hemos ido recogiendo por el camino. No podemos recurrir a antiguos hábitos o costumbres que nos hacían sentirnos plenos. Tenemos que buscar, sin embargo, otros nuevos que hagan nuestro corazón palpitar con fuerza de nuevo. Y esto, y a eso me refiero cuando digo que a lo mejor el reto no es más difícil que antes, nos obliga prácticamente a empezar desde cero e ineludiblemente mirar hacia adentro. Sí, quizás el hecho de mirar hacia adentro sea un reto difícil en sí mismo. Pero lo es mucho menos cuando como ahora, la vida nos obliga a parar y nuestra mente se despeja de la carga de lo superfluo, permitiéndonos así organizarnos en torno a nuestras verdaderas prioridades.   

Y así me encontraréis. Tratando de buscar las rutinas que dentro de todo este caos me desvelen un nuevo horizonte, una esperanza, una razón de ser . Rutinas que permitan dar salida a mis emociones.  Rutinas que estructuren mi vida de tal forma, que prioricen lo que personalmente más me conviene, para así poder dar lo mejor de mí a los demás. Muchas de estas rutinas que ya he empezado a desenmascarar son viejas amigas,  viejas conocidas. Otras, seguramente las que más, son completamente nuevas para mí y abren caminos antes nunca explorados.

Ando en pleno descubrimiento. Hasta me he apuntado a un curso sobre “resiliencia”, concepto que ahora está muy de moda. Y me he dado cuenta, de que cuando termina la clase de cada jueves a las 2 de la tarde y releo las notas que he tomado en mi cuaderno, me suena mucho, pero que mucho el contenido . Esos mensajes ya los he recibido antes. Esas sugerencias ya las las he seguido en otras ocasiones. Esas “fórmulas” andan por ahí escritas en algún otro cuaderno, sabe Dios olvidado en qué cajón.  

Y entonces me siento como el hamster que da vueltas y vueltas sobre la misma rueda sin llegar a ningún sitio. Y al mismo tiempo me doy cuenta de que todos los caminos llegan al mismo lugar. Así que me planteo que quizás no esté repitiendo las cosas exactamente de la misma forma. Quizás la información sea aparentemente la misma pero llegue a mí en un momento de mi vida en el que puedo sacarle más partido. Porque en la espiral de la evolución, aunque parezca que vivimos la misma situación una y otra vez, o que recibimos los mismos mensajes, estamos avanzando sutilmente. El mismo mensaje en otra etapa de la vida, tiene un impacto diferente, y puede llevarme más lejos, más alto en la misma espiral, aunque mi percepción me lleve a pensar que sigo en el mismo punto. Así que concluyo con alivio que nada de hamster y nada de rueda.

En mi curso de los jueves, he reaprendido el concepto de los hábitos “no negociables”. Aquellas cosas a las que no voy a renunciar bajo ningún concepto, ni aunque un hijo mío golpee la puerta de mi dormitorio gritando que la casa está en llamas, suponiendo siempre claro está, que no hay nada realmente ardiendo. Como buena alumna del curso que soy, me he dispuesto a pensar en ese hábito que a partir de hoy será no negociable para mí. Ese regalo que me voy a hacer a mi misma cada día y que forma parte del nuevo ejercicio de priorizarme.  Después de pensar no por mucho rato, me comprometo conmigo y con quienes me leéis a escribir diariamente 30 minutos. A plasmar mis emociones. A compartir mis experiencias.

Así que como dicen que la mejor forma de liberar las emociones estancadas es expresarlas a través del arte y también dicen, que el hábito hace al monje, me dispongo a mantenerme firme en mi nuevo compromiso y a compartir con vosotros este reto.

 

El poder de la sonrisa

La Sonrisa De Alas Flameantes Joan Miro

(La sonrisa de Alas Flameantes, Joan Miró)

Al sentarme a escribir sobre el inmenso poder de la sonrisa, lo primero que viene a mi mente es ese maravilloso regalo que supone la primera sonrisa de un bebé. Esa sonrisa que nos desarma y enternece. Esa sonrisa que se dibuja vaga pero concisa y dura lo que dura un parpadeo.

En los primeros meses de vida, ese pequeño captará nuestra atención con sonrisas “reflejo”. Sonrisas reveladoras de su sentir. Esbozados gestos que muestran la satisfacción después de una comida, durante el sueño, o en el momento del aseo, mientras permanece sumergido en el agua tibia de un baño.

Después de un tiempo, aparecen las sonrisas “conscientes”, como respuesta a estímulos externos y a carantoñas que familiares, amigos y desconocidos regalan al pequeño, presos de esa ternura y magia que trae una vida recién comenzada.

El bebé, en su mundo interno, no analiza o calcula los efectos que su sonrisa produce en su entorno. Simplemente la comparte, porque sí, porque es espontáneo y libre en sus reacciones. Nos sonríe y nos atrapa en su atmósfera de protección y cuidado, de despreocupación completa. Nos muestra la cara amable y hermosa de la existencia.

Muchos adultos, sin embargo, con el tiempo nos tornamos precavidos y tendemos a medir la manifestación de nuestras emociones, o más bien a eludirlas, mientras estamos distraídos con otras cosas. Y nos perdemos algo tan grande y tan sencillo. Nos olvidamos del poder de la sonrisa.

Cuando habito en el presente, tengo la fortuna de sentir como mi corazón palpita a mayor velocidad al devolver una sonrisa. Siento latir fuerte mi corazón si recibo una sonrisa en respuesta a un saludo mañanero, en respuesta a una caricia, a un cumplido, a un apretón de manos en un momento difícil. Y también mi corazón late más fuerte cuando observo la sonrisa que tímidamente se dibuja en los labios de la persona a la que le sostuve la puerta para que cruzase un umbral, o en los de aquella otra que se relaja al recibir una broma que aligera una tensa espera.

Cómo será de fuerte el poder que la sonrisa ejerce sobre mí, que hace que me sienta más ligera, más capaz, más libre. Más consciente de la tierra que me sostiene y de mi lugar en el mundo.

Si lo primero que hago por la mañana, al despertarme, es dedicarme una sonrisa, el día empieza de otra manera. La sonrisa, me prepara para afrontar el día desde el agradecimiento, desde la fuerza que me da mi propósito de vida, aquello que hace que mis jornadas tengan sentido. Y en los días en que no alcanzo a entender ese propósito, o que siento que se escapa de mis manos, la sonrisa me da esperanza, me susurra que siempre hay algo por lo que ofrecer el día. Me recuerda que soy yo la que tiene el mando, la que dirige mi vida y la que decide cómo afrontarla.

Esta mañana, cuando he salido a dar mi paseo diario, he descubierto un elemento mágico más de la sonrisa. He descubierto, que la sonrisa tiene la capacidad de en tan sólo unos segundos, crear una complicidad y una unión tal entre las personas, que  transmite lo que la palabra no alcanza.

Esta mañana, al cruzar mi mirada con aquellos que como yo, disfrutan todavía de un paseo al amanecer, he sido partícipe de las duras realidades a las que cada uno se enfrenta en estos momentos.  Porque sus miradas, son puro espejo de las mías. Mi sufrimiento, es puro espejo del sufrimiento del otro. Mi esperanza, es su esperanza.

Me atrevo a decir que en lo que llevo de vida, hoy más que nunca, entiendo a la persona con la que comparto una sonrisa. Hoy más que nunca, me alegro con sus alegrías y me entristezco con sus penas. Porque son las mías, y las entiendo. Porque son las mismas para todos, sin importar la nacionalidad, la edad o la raza. Porque lo que nos preocupa hoy, es lo mismo para todos.

Y es por eso, que al cruzar mi mirada con la del otro, no puedo más que ofrecerle mi sonrisa. Sonrisa muestra de mi empatía, muestra de mi compresión y muestra de que estoy aquí, ofreciendo un hombro que ahora no puede alcanzar a tocar, para que descansen en él sus preocupaciones e incertidumbres.

 

 

 

 

Tu susurro

Un susurro

Nunca había vivido una época de crisis como esta. Nunca me había tenido que enfrentar a una situación tan límite como la que estamos viviendo. He afrontado dificultades personales previamente. También familiares. Siempre acompañada en estos casos por los míos, por los más cercanos. Pero nunca tuve antes que atravesar un trance tal, de la mano de todos los que habitamos juntos este planeta. Tan unidos y tan separados al mismo tiempo.

El alivio que me produce saber compartida esta dolorosa experiencia se ve contrarestado por la soledad que a la vez siento al no permitirme volcar mi desconsuelo sin límites, sin prudencia. Siento la responsabilidad de estar ahí para otros y escucho la voz que me llama a la solidaridad. En todos los sentidos.

Y esa voz, que me acompaña más que nunca en estas últimas jornadas, aparece en mi consciencia con la silueta de mi padre, persona increíblemente solidaria, con una gran humanidad y generosa hasta el extremo. Lo perdimos el día 25 de marzo, después de unos días ingresado en un hospital de Madrid, afectado por el virus.

Qué pena padre. Qué pena no tenerte cerca. Qué pena no poder conversar contigo sobre la vida, sobre lo divino y lo humano, sobre las cosas cotidianas. Qué pena no poder abrazarte y decirte que te quiero, como tantas veces nos dijimos en los últimos años. Qué pena no poder volver a pasear contigo, a ritmo ligero, con esa seguridad que te conferían tu altura y tu cuerpo erguido. Qué pena padre.

Pero me queda tu susurro, ese susurro que ahora me llama a ser solidaria, a compartir. Y te pregunto: ¿qué es lo que puedo hacer yo? Y me respondes: Escribe, Rose, escribe. Tantas veces me lo has dicho, tantas veces…y ahora lo escucho cada vez más fuerte, como si te tuviese aquí a mi lado.

Así que escribo. Y lo hago para dar las gracias a todas las personas que nos están ayudando a mi madre y hermanos a asimilar nuestra pérdida, a pasar por este trance.

Gracias a la doctora que llamó a mi hermana Lucila, ya fuera de sus horas de trabajo, y desde su teléfono personal, para darle los detalles de como te fuiste, padre. Para aclararnos que te marchaste tranquilo, que no sufriste y que todo fue rápido. Gracias por esas palabras de confort y por esa humanidad.

Gracias a la rapidez y la eficacia del personal de la funeraria que nos explicó con todo detalle donde llevaban tu cuerpo y donde y a qué hora te cremarían. Gracias porque mis hermanos y mi madre pudieron estar presentes en un momento tan importante. Y gracias porque Carmen pudo conectarse en directo con las hermanas expatriadas y pudimos compartir la ocasión en familia.

Gracias de nuevo a los servicios funerarios, y en especial al sacerdote al cargo,  por proponernos y ayudarnos a preparar la ceremonia que vamos a celebrar online para honrarte y despedirte el próximo domingo. Y gracias a la tecnología que lo va a hacer posible.

Gracias una vez más a estos servicios por ofrecernos asistencia psicológica para afrontar el duelo y sobrellevar tu ausencia en estas circunstancias tan atípicas. Gracias porque es reconfortante contar con un experto que se ofrece a escuchar nuestro dolor y a reconfortarnos con su empatía y sus palabras.

Y por supuesto, gracias a toda la familia y amigos que dentro de la dureza de sus propias realidades, encuentran tiempo y palabras de consuelo y acompañamiento.

Padre, te has ido en un momento muy especial. En un momento en que la humanidad sufre un proceso de transformación. Un momento en el que vivimos una transición entre el vivir en el “yo” a vivir en el “nosotros”. Puro espejo de tu manera de ser. Siempre poniendo a los demás por delante. Siempre diciendo SI, sin pestañear, ante cualquier nueva propuesta o petición de ayuda.

Padre, gracias por tantos valores, por creer en nosotros y sobre todo por seguir guiándonos y susurrándonos al oído. Porque todo lo grande que has sido, lo seguirás siendo a través del legado que has dejado. Y con tu ayuda, espero estar a la altura.

 

 

 

 

Un vaivén de emociones

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Siempre me ha costado mostrar parte de mis emociones. La vida me presenta multitud de experiencias que en apariencia no dejan ninguna huella en mí. No me enojo por cosas por las que tendría motivos más que suficientes para disgustarme. No despierta en mí la tristeza como consecuencia directa de un evento triste. No en primera instancia. Estas emociones, que no me gusta etiquetar como negativas, se muestran más tarde, cuando la maniobra de respuesta a su estímulo se ha estrechado de manera notable. En la mayoría de los casos quedan archivadas en mi alma, amontonándose una sobre otra, esperando el momento de máxima saturación para emerger todas a la vez.

Sin embargo podría decir que la emoción que manifiesto de manera más natural es la alegría. Me siento feliz cuando estoy satisfecha conmigo misma, cuando alguien querido me cuenta algún logro que significa mucho para él. También cuando me concentro en cosas pequeñas que en realidad son grandes; dar un paseo al amanecer, recibir la brisa en mi rostro mientras monto en bicicleta o mirar al horizonte desde la cima de una montaña. Y por supuesto, me siento feliz escribiendo.

Como podréis observar, y en tanto que escribo caigo en la cuenta yo también, soy lenta únicamente a la hora de procesar las emociones difíciles de digerir. Es como si construyese una pared para aislarme de los acontecimientos que me producen dolor. Como si los apilase todos en un compartimento estanco que después cierro con llave. Lo peligroso es que ese compartimento, no es infinito, y de tanto en tanto hay que liberar las emociones que contiene para dar cabida a otras nuevas. Y entonces es cuando estalla la tormenta. Las nubes negras, los relámpagos, el miedo y la desesperanza se instalan en mi vida durante el tiempo necesario para que las aguas y los vientos se lleven consigo lo que ya caduca en esa estancia.

Esta particularidad mía, que intuyo comparto con más de uno y que en principio podría catalogarse como perjudicial, ha ido moldeando en parte a la persona que soy hoy. Y digo hoy, porque mañana no seré la misma. Esta vida que atravesamos, trescientos sesenta y cinco días al año y veinticuatro horas al día, va forjando ese nuestro siempre recién estrenado yo.

¿Porqué escribo un discurso sobre las emociones y el modo en que las vadeo? Lo hago, porque para mí, entre otras muchas cosas, una persona se define por la manera en que reacciona a los acontecimientos. Esta forma de reaccionar, viene determinada por nuestras vivencias y la huella que han dejado en nosotros. Y como estoy sumergida en la gran aventura de conocerme a mi misma, escribir me ayuda a evolucionar en la senda del autodescubrimiento.

Como consecuencia de esta empresa de autoconocimiento, concluyo, que gran parte de las virtudes y también de las limitaciones que me definen como persona, y que he ido amasando poco a poco a lo largo ya de más de cuatro décadas, no venían conmigo de nacimiento. Se han ido forjando con el tiempo. Son fruto maduro de un árbol que se sembró el día en que ví la luz por primera vez. El día en que tuve la gran fortuna de venir al mundo. Nací libre y me esfuerzo por cultivar esa libertad.

Después de todas estas disertaciones, me aventuro a compartir con vosotros lo que para mí es una gran verdad; ser conscientes de nuestras limitaciones, nos abre el camino hacia la libertad. Las limitaciones que hemos ido cimentando ladrillo a ladrillo, día a día, observadas y aceptadas, se convierten en retos que superar.

En este escenario, comparto mi afán por aprender y construir desde mis propias limitaciones. Entre ellas, la lentitud o incluso ausencia de reacción ante acontecimientos adversos. El afán por superar esta limitación me ha llevado a bucear en un abanico de artes y metodologías que me asisten a la hora de vivir el presente en su totalidad. Para no evadir las emociones perturbadoras. Creando espacio para que me atraviesen todas, las emociones agradables y las que no lo son tanto, sin amontonarlas en el compartimento estanco.

Y así, al tiempo que decrece mi tendencia a almacenar emociones en ese compartimento estanco, crece mi libertad. Porque me desapego de ellas. Desde el momento en que no me aferro a las emociones y las dejo ir, puedo volar más alto y llegar más lejos. Puedo vivir más intensamente y con más sentido. Por tanto, no me queda pues más que agradecer mis limitaciones por toda esta nueva libertad ganada. Sin ellas, no habría motor de superación, motivación de crecimiento. Gracias a ellas surge en mí la fuerza para emprender mi andadura cada mañana. Para vivir en gratitud, en paz con lo que venga.

 

 

 

La comunicación

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Una cortina negra. Humo espeso a través del cual no se puede ver. Una textura  gruesa, pegajosa, difícil de atravesar. Una pared que apaga el fuego de la determinación, de los sueños, de los pasos que todavía no hemos dado. A este lado de la pared estoy yo, presa de la espera de que suceda algo que sólo está en mi mano.  A este lado está mi pasado, mi historia, la definición de mí creada por elecciones y posibilidades que ya se han hecho realidad. Y también mi presente, que aparece de colores intensos y optimistas cuando me sumerjo en la totalidad de su experiencia y se marcha a lugares indeseables cuando dejo de tocar el suelo.

Mi cometido ahora consiste en encontrar la llave que me abrirá el paso hacia el otro lado. Intuyo donde se haya, su forma, su tacto, su peso y su significado. Cierro los ojos y experimento la sensación que me produce introducirla en el lugar a ella destinado. El lugar en el que su magia abrirá esa cortina, esa pared, ese velo que ahora me mantiene a la espera en este presente.

Cuanto más me concentro en su búsqueda, más consciente soy de que la llave no se halla en ningún lugar ajeno.  No tengo que cruzar montañas ni atravesar mares para llegar a tocarla. No tengo que pelearme con guardianes tenebrosos ni dragones de cuento si quiero alcanzarla. Sólo tengo que hacer un viaje para el que no necesito comprar boleto.  Atraverme a dar un salto y superar la barrera del miedo.

Voy a viajar a mi interior. Donde serenamente descansan todas las respuestas. Donde las soluciones se cuentan por miles y con alzar la mano se cogen al vuelo. Es  aquí donde está la llave. No sólo la que ahora busco, en este preciso instante, sino todas las llaves que pertenecen al presente y al futuro de las puertas de mi mundo, de mi vida.

A medida que me interno en los confines de mi ser y mi saber, caigo en la cuenta de que esas llaves están compuestas por códigos. Códigos que me resultan muy familiares y que conozco desde niña. Códigos que con los años he dejado de emplear con la espontaneidad y el frescor con que se utilizan si no se estudian celosamente las consecuencias.

Tomo conciencia de que esos códigos no son otra cosa que palabras. Ahora lo entiendo. La palabra es la llave más poderosa que jamás ha existido. La palabra desencadena una reacción cuando es utilizada. No produce indiferencia. Siempre tiene un impacto. La palabra ostenta poder para escribir la historia, para cambiar acontecimientos, para curar heridas pero también para herir. La palabra representa una parte de nosotros, nos libera o nos encadena. Tanto es así, que la palabra y el tono en el que la utilizamos producen un efecto en nuestro organismo.

El doctor Masaru Emoto estudió este proceso causa-efecto y lo plasmó de la siguiente manera; en un microscopio observó que el agua que había sido sometida a vibraciones correspondientes a palabras agradables o dichas en tonos amables cristalizaba en formas bellas. Por el contrario, si el agua se exponía a una vibración proveniente de palabras desagradables o procedente de tonos irritantes, cristalizaba en formas irregulares desprovistas de delicadeza.

Además de la reacción física, las palabras producen una reacción emocional. Y muchas veces, desencadenan todo un efecto dominó que nos lleva a lugares que ni nosotros entendemos. Son como teclas de un piano, que cuando las tocas, según como las ordenes, crean una u otra melodía.

La palabra no dicha también tiene un gran impacto, quizás incluso más que la que se manifiesta. La palabra que no se expresa queda como residuo en nuestra alma y se enquista. Al retener en nuestro fuero interno palabras que transmiten alegría, amor y agradecimiento, estamos privando al mundo, a los que nos rodean y a nosotros mismos de una experiencia de crecimiento. Ralentizamos nuestro desarrollo como personas, impedimos que crezca nuestra empatía y nos perdemos gran parte del gozo de la existencia.

Cuando guardamos palabras cargadas de frustración, miedos, tristeza o arrepentimiento, renunciamos a la liberación que produce expresar las emociones asociadas a ellas. Nos volvemos más distantes, más herméticos. Ponemos piedras en el camino de la comprensión y la compasión por parte nuestra y por parte de los demás. Restamos valor a nuestras relaciones y desaprovechamos la oportunidad de conectar más profundamente con otras personas.

La palabra es la esencia de la comunicación y la comunicación es indispensable para nuestra salud emocional. Nos despoja de las armaduras que nos hacen artificialmente fuertes y poderosos. Presenta nuestra vulnerabilidad sin reservas. Y en eso, reside nuestro verdadero poder.

 

 

 

 

 

Los milagros

foto milagros

Viene Sunny a beber del néctar de las flores que brotan de las plantas de mi balcón. Lo siento batir sus alas, con rapidez, sigiloso, lo suficientemente ágil para poder mantenerse en vuelo mientras introduce su pico en la aromática flor que ya le espera. La naturaleza me saluda al amanecer. Me llena de vida. Siento como la sabia corre por las venas de los árboles anclados en el paseo frente a mi casa. Si busco el silencio, escucho su palpitar. Despiertan al nuevo día. Dibujan una sonrisa con el leve movimiento de sus ramas. Saludan a la brisa que sin querer molestar pasa a través de las hojas. Las hojas son de un verde tan intenso que estalla ante mis ojos. Detrás de los árboles se intuye el reflejo del sol en el agua. Tímidamente se asoma, sin prisa, como si el tiempo se parase para darle la bienvenida una vez más.

Me parece impresionante que este milagro se produzca un día tras otro. Lo entiendo como la forma que la madre naturaleza tiene para mostrarnos que pase lo que pase, no hay que rendirse. Cada día es una nueva oportunidad. El sol se eleva ante nuestros ojos una y otra vez, sin esfuerzo, como en una danza tantas veces reproducida que no da pie a error.

Respiro hondo. Lleno mis pulmones de aire y he aquí que encuentro el segundo milagro del día. Sólo por el simple hecho de respirar me mantengo viva. Gracias a este acto tan íntimo, para el que no necesito más que mi propio cuerpo, pongo en funcionamiento todo el engranaje de mi ser. Respiro despacio, observando como mi pecho se llena de vida. Disfruto del momento. Del milagro.

El sol ya está luciendo alto. Si me muevo unos pasos hacia adelante puedo sentir el calor de sus rayos acariciando mi piel. La temperatura sube y siento la necesidad de cobijarme de nuevo en la sombra. Disfruto de este ir y venir de luz, calor, sombra, frescor.

Abby se acerca a mí y estira sus patas delanteras desperezándose. Acaricio suavemente su pelo rizado y ella mantiene su mirada fija en mí, como si quisiera pedirme que la caricia no terminase nunca. Nunca imaginé que fuese a detentarle tanto afecto a un perro. Ni que al abrir la puerta de mi casa fuera a estar anhelando la siempre alegre bienvenida que nos regala. Otro milagro de la vida. Puro amor incondicional. Amor del que me gustaría ser capaz de presumir. Amor del que no espera nada a cambio. Que es porque es, así sin más.

No tengo prisa. No quiero correr. Quiero darle a cada momento la importancia que se merece. No se va a repetir. Nunca. Lo paladeo, lo abrazo, procuro entender qué trae consigo y lo dejo marchar.  La vida está hecha de momentos. Y no quiero perder ni uno sólo de los eslabones que la conforman.  Todos y cada uno de ellos importan. Todos.

La mañana sigue su curso. Los sonidos de la calle me recuerdan que el día avanza. Unos niños vestidos de uniforme suben a un autobús que deja a su paso un rastro de humo. Suena a lo lejos el motor de un barco. Observo la estela blanca, respiro el olor a mar y me recreo en el vaivén de las olas. Caigo en la cuenta de que es la marea otro milagro más. Otra maravilla de la creación.

Suena el timbre de una bicicleta, el ruido me espabila y doy por terminado el rito de bienvenida. Siento que después de llenarme de vida, de este depertar de los sentidos, ya estoy preparada para comenzar la jornada. Consciente de que se me brinda otra vez más, veinticuatro horas después, la posibilidad de hacer de mi día un acto sagrado.

Se me brinda de nuevo la ocasión de optar entre alternativas entre las que trataré siempre de escoger la que nutra más mi alma. O la que yo crea que lo hará. Sin miedo a equivocarme. Porque la equivocación hará de mi alguien más humano, más compasivo y me preparará para actuar de modo más certero en un futuro. Un futuro que sin duda llegará si el milagro de la vida me llama de nuevo a saludar al amanecer.