La regla de los quince minutos

Está por ver. Yo lo voy a intentar. Empiezo por escribir el título sin miedo. Es un paso.

Hace mucho calor y acabo de volver de mi club de lectura. Una sesión cada quince días, lo suficiente para tener tiempo para leer el libro.

Esta vez, no me ha dado tiempo a acabarlo. Cuando iba por la mitad, me di cuenta de que no llegaba y cambié mis ratos de lectura vespertina por una serie de Netflix. Mucho menos erudito, ya lo sé, pero al fin y al cabo, yo también soy parte de la población que se anestesia con las series de televisión (no sé si la palabra televisión sigue existiendo o si a esta locura de plataformas y oferta infinita hay que llamarla de otra manera).

Entrando en materia, e hilando con el tema de tareas inconclusas, lo que quería compartir con vosotras es que ayer, en el gimnasio, cuando caminaba sobre la cinta, cumpliendo rigurosamente con el compromiso con mi cuerpo, como por arte de magia, saltó en el audio un podcast de una mentora americana a la que antaño escuchaba. Qué raro me suena lo de «mentora». Iba a llamarla coach, pero me revelo ante la realidad de que el vocabulario castellano vaya desapareciendo sin remedio.

Pues resulta que esta mentora, y ahora me toca decir la ya manida expresión «nada es por casualidad», hablaba de los tres grandes porqués por los que por mucho que deseemos hacer realidad un sueño, no nos ponemos manos a la obra.

La verdad es que no me acuerdo de los porqués. El tema de mi memoria lo estoy trabajando con omega 3 diario, pero he empezado a tomarlo hace poco, así que por favor, dadme tiempo.

De lo que sí me acuerdo, porque me pareció un puntazo, es de lo que he decidido llamar «la regla de los quince minutos».

¿En qué consiste esa regla? Preguntaréis…

Pues no puede ser más sencilla; consiste en agarrarte fuerte a tu objetivo y accionar. Si de verdad quieres hacer tu sueño realidad, si de verdad vas a por todas, comiences por donde comiences, dedícale a esa meta 15 minutos al día; los quince minutos que tardas en tomarte un café. Nada más que eso, para empezar, para arrancar.

¿Parece fácil, no? Pero no acaba aquí el tema.

Otra de las cosas que mencionó, (¡que bien! voy recuperando la memoria), es que en la mayoría de las ocasiones, cuando no accionamos en dirección a nuestros objetivos o nuestras metas, es sencillamente porque no estamos preparados. Y la verdad sea dicha; agradezco profundamente concluir que mi sentimiento de culpa no tiene fundamento, no desempeña una función imprescindible.

¿Cuántas veces, cuántos días, cerramos la jornada con la sensación de haber hecho un mal uso del tiempo, de no haber avanzado hacia nuestros objetivos, de no haber invertido en aquello que realmente nos llena? ¿Y cuántas veces nos culpamos por ello?

Que si mi intervención en la reunión fue inservible, que si tenía que haber ido al gimnasio y no he conseguido sacar las fuerzas, que si otra vez de cena el mismo menú porque no me da la vida para pensar en algo más exótico, que si no he conseguido terminar mi libro del club de lectura, que si me estoy perdiendo la vida por querer estar en tantos sitios a la vez…

He llegado a la conclusión de que este juego en el que nuestra mente entra sin que la mayoría de las veces nos demos cuenta, nos hace creernos que no somos merecedoras de alcanzar nuestros sueños. Aunque sea de una forma sutil, aunque ni siquiera seamos conscientes de ello.

Nos hace creernos que toda la responsabilidad de éxito o fracaso es nuestra, que no supimos elegir, que no servimos para lo que creíamos. Que nos falta iniciativa, nos falta valor para tirarnos a la piscina, nos falta creatividad, no hay capacidad de sacrificio, no llegamos hasta el final.

Pues qué tal si ahora os digo ¡STOP!

Tenemos todo el derecho a esperar, tenemos derecho a observar, a aprender y equivocarnos, a mirar nuestra realidad de reojo, a suspirar, a frustrarnos y a dejar de boicotearnos. Tenemos todo el derecho del mundo a esperar a sentirnos preparadas.

Lo que para mi está claro es que en muchas ocasiones, el principal obstáculo que encontramos en los caminos que queremos transitar, somos nosotras mismas, son nuestras mentes poniéndonos la zancadilla sin ninguna piedad.

Y esto en realidad, es una buena noticia, porque lo que podemos concluir, es que nosotras tenemos el mando, podemos manejar el timón, y en el momento en que asumimos esa certeza y esa responsabilidad, todo cambia, TODO ES POSIBLE.

Así que como remate final te propongo un ejercicio sencillo.

Empieza a observar en distintos momentos del día, en diferentes circunstancias, cuál es el susurro de la mente, cuál es el mensaje que te transmite. No trates de modificarlo, ni de cambiarlo por otro más amable, aunque sea feo, aunque sea antipático. No gastes energías en enfrentarte a él. Solamente, ignóralo, déjalo ir.

Date un tiempo y procura estar presente en las actividades que realizas durante el día. En las que te gustan y en las que disfrutas menos. Ejercita el músculo de la presencia y dale tiempo a tu cerebro a asimilar las señales que tu cuerpo le envía.

Y cuando sientas que estás más despierta, cuando percibas que empiezas a estar en sintonía con el YO que más se acerca a Tí, ve haciendo ese huequecito de quince minutos diario para accionar en dirección a tu objetivo, para emprender el camino hacia tu sueño. Y digo sueño en singular porque todo lo grande fue una vez pequeño. Empecemos por un sueño, rompamos el hielo, que con el tiempo irán visitándonos más.

Y en el camino, asume que reacciones como: no tengo tiempo, no tengo edad, estoy muy cansada, no me da la vida; pueden ser excusas muy válidas, siempre que llegue un día en el que dejen de serlo.

Yo te confieso que estoy escribiendo este post en el arco de «la regla de los 20 minutos». ¿Qué estás haciendo tú? ¡Me encantaría que lo compartieras conmigo!

P.D. Mi disculpa al género masculino, en esta ocasión he escrito en femenino…así el cuerpo me lo pidió.

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