Los milagros

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Viene Sunny a beber del néctar de las flores que brotan de las plantas de mi balcón. Lo siento batir sus alas, con rapidez, sigiloso, lo suficientemente ágil para poder mantenerse en vuelo mientras introduce su pico en la aromática flor que ya le espera. La naturaleza me saluda al amanecer. Me llena de vida. Siento como la sabia corre por las venas de los árboles anclados en el paseo frente a mi casa. Si busco el silencio, escucho su palpitar. Despiertan al nuevo día. Dibujan una sonrisa con el leve movimiento de sus ramas. Saludan a la brisa que sin querer molestar pasa a través de las hojas. Las hojas son de un verde tan intenso que estalla ante mis ojos. Detrás de los árboles se intuye el reflejo del sol en el agua. Tímidamente se asoma, sin prisa, como si el tiempo se parase para darle la bienvenida una vez más.

Me parece impresionante que este milagro se produzca un día tras otro. Lo entiendo como la forma que la madre naturaleza tiene para mostrarnos que pase lo que pase, no hay que rendirse. Cada día es una nueva oportunidad. El sol se eleva ante nuestros ojos una y otra vez, sin esfuerzo, como en una danza tantas veces reproducida que no da pie a error.

Respiro hondo. Lleno mis pulmones de aire y he aquí que encuentro el segundo milagro del día. Sólo por el simple hecho de respirar me mantengo viva. Gracias a este acto tan íntimo, para el que no necesito más que mi propio cuerpo, pongo en funcionamiento todo el engranaje de mi ser. Respiro despacio, observando como mi pecho se llena de vida. Disfruto del momento. Del milagro.

El sol ya está luciendo alto. Si me muevo unos pasos hacia adelante puedo sentir el calor de sus rayos acariciando mi piel. La temperatura sube y siento la necesidad de cobijarme de nuevo en la sombra. Disfruto de este ir y venir de luz, calor, sombra, frescor.

Abby se acerca a mí y estira sus patas delanteras desperezándose. Acaricio suavemente su pelo rizado y ella mantiene su mirada fija en mí, como si quisiera pedirme que la caricia no terminase nunca. Nunca imaginé que fuese a detentarle tanto afecto a un perro. Ni que al abrir la puerta de mi casa fuera a estar anhelando la siempre alegre bienvenida que nos regala. Otro milagro de la vida. Puro amor incondicional. Amor del que me gustaría ser capaz de presumir. Amor del que no espera nada a cambio. Que es porque es, así sin más.

No tengo prisa. No quiero correr. Quiero darle a cada momento la importancia que se merece. No se va a repetir. Nunca. Lo paladeo, lo abrazo, procuro entender qué trae consigo y lo dejo marchar.  La vida está hecha de momentos. Y no quiero perder ni uno sólo de los eslabones que la conforman.  Todos y cada uno de ellos importan. Todos.

La mañana sigue su curso. Los sonidos de la calle me recuerdan que el día avanza. Unos niños vestidos de uniforme suben a un autobús que deja a su paso un rastro de humo. Suena a lo lejos el motor de un barco. Observo la estela blanca, respiro el olor a mar y me recreo en el vaivén de las olas. Caigo en la cuenta de que es la marea otro milagro más. Otra maravilla de la creación.

Suena el timbre de una bicicleta, el ruido me espabila y doy por terminado el rito de bienvenida. Siento que después de llenarme de vida, de este depertar de los sentidos, ya estoy preparada para comenzar la jornada. Consciente de que se me brinda otra vez más, veinticuatro horas después, la posibilidad de hacer de mi día un acto sagrado.

Se me brinda de nuevo la ocasión de optar entre alternativas entre las que trataré siempre de escoger la que nutra más mi alma. O la que yo crea que lo hará. Sin miedo a equivocarme. Porque la equivocación hará de mi alguien más humano, más compasivo y me preparará para actuar de modo más certero en un futuro. Un futuro que sin duda llegará si el milagro de la vida me llama de nuevo a saludar al amanecer.

 

 

 

 

Alegría

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Tantos motivos a lo largo de un solo día para sentir alegria, comfort, bienestar. Tantos incluso en el transcurso de una hora, de un minuto, de un segundo. Estás respirando. Sí, en este momento, mientras lees este texto, estás respirando. Dirige tu atención a tu cuerpo. Observa cómo toma prestado el aire que le rodea, lo hace circular a través de él y finalmente lo expulsa…¿Qué maravilla no? Tener a nuestra disposición y sin coste alguno el combustible que nos nutre y hace posible que el cuerpo funcione y responda a nuestros estímulos. Inspiramos amor y expiramos lo caducado, lo que ya no nos hace falta. Expiramos temor.

La imperfección. Sí, la imperfección. Somos tan imperfectos que si queremos un motivo para celebrar, celebremos nuestra imperfección cada vez que seamos conscientes de ella. Aplaudámonos cuando cometemos errores. Abracémonos y derramemos sobre nosotros ríos de compasión. Qué privilegio poder seguir aprendiendo un día tras otro. Sin tener que dar explicaciones, porque todos estamos inmersos en el mismo proceso. Compartiendo entre nosotros las frustraciones, que dejan de serlo una vez que nos damos cuenta de que la imperfección nos hace bellos. Y da un sentido a nuestra vida y a nuestro caminar. Con la perfección acabaría el camino, y con él, el deleite de avanzar y comprender cada día un poquito más.

Celebremos el coraje. El coraje de mirarnos al espejo cada mañana sabiendo que somos una obra incompleta. Y celebremos también que poseemos el regalo de toda una vida para completarla. Y la libertad de poder elegir la forma de nuestra obra terminada. Celebremos la oportunidad de soñar y de proyectar esa persona que queremos llegar a ser. Sin dejar de celebrar al ser humano que ya somos.

Hagamos mentalmente una lista de los elementos y de las personas que por resultarnos habituales y familiares pasan desapercibidos en nuestras vidas. Seamos honestos con nosotros mismos. Hagamos otra lista con esos elementos y esas personas que vienen a refrescar y a dar un toque de novedad a nuestro día a día.  También los hay, aunque en ocasiones no nos demos cuenta o no les permitamos acceder a nuestro entorno vallado y supuestamente seguro.

Ambas listas florecerán y rebosarán si hacemos el ejercicio de observar la vida con los ojos bien abiertos, para que no se nos escape nada, para que el despiste y la monotonía no nos dejen en la cuneta de la apatía. Leamos esas listas una y otra vez nutriéndonos con sus abundantes frutos y celebremos todos y cada uno de ellos. Cada día, cada hora, cada minuto. Como si no lo hubiésemos hecho nunca. Como si cada vez fuese la primera.

Reconozcamos la gran fortuna de haber sido premiados con una vida en la tierra. Y de haber recibido los cinco sentidos para que no se nos escape ni un motivo ni situación de los que extraer el néctar de la sabiduría que nos otorga la experiencia de esta vida regalada. Dejémonos bañar por ella. Sin resistencias, sin condiciones.

Celebremos las dificultades que se nos presentan como oportunidades de crecimiento. Aparecen ante nosotros como herramientas para actualizar la versión de nosotros mismos a una mejor, como si de un software se tratase. Sólo hace falta que las identifiquemos como tales y no las lancemos al contenedor de las experiencias que injustamente nos ha tocado vivir. No existe la injusticia. Todo se nos otorga con un objetivo. Y considerarlo injusticia es lo que sería realmente injusto. No sacarle el jugo a una situación, sea la que sea, sería una pena y un desperdicio. Sería una oportunidad desvanecida en el horizonte.

Resulta grandioso aceptar e interiorizar que todo se puede celebrar, abrazar, exprimir y utilizar de una manera constructiva y beneficiosa para nuestro crecimiento personal.

Si añadimos la posibilidad real de experimentar esta realización mágica con las personas con las que compartimos cualquiera de las facetas de nuestra vida,  el efecto de optimismo y realización crece de manera excepcional.

Agradezcamos sin límite. Una mirada, una sonrisa, un paseo entre árboles, el canto de un pájaro, la brisa que se levanta antes de una tormenta y nos acaricia la cara. Agradezcamos las lágrimas y los sinsabores que nos permiten dejar atrás el pasado y mirar hacia el futuro con la cabeza bien alta. Agradezcamos sin más. Cuanto más agradezcamos, más motivos encontraremos para agradecer. El agradecimiento los atraerá, como si de un imán se tratase.

Y ante todo y como receta infalible para sentir alegría, Aceptemos. Aceptemos en mayúscula lo que nos trae cada dia. Aceptemos las circunstancias en las que  navegamos el curso de nuestras vidas.  Y si no las aceptamos, porque no toca, trabajemos para cambiarlas. El rechazo sin acción genera daño así que si la energía es de rechazo, conduzcámosla en otra dirección para que fluya y nos atraviese en lugar de quedarnos estancados.

Somos responsables de vivir con alegría. Somos responsables de irradiar felicidad a nuestro alrededor. No miremos a otro lado y lancémonos sin miedo a recibir todo lo que nos merecemos y nos hace vibrar. A partir de hoy. No hay tiempo que perder.

 

 

 

 

 

El miedo

 

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Se me ocurre que una de las mejores formas de sacar el miedo que habita en mi cuerpo y en mi psique es escribir sobre él. En mi agenda, en el día de hoy, leo una nota en palabras mayúsculas que dice ESCRIBIR. Se me ocurren mil excusas para no hacerlo; Puedo dedicarme a buscar el hotel en el que pasaré unos días con mi familia en Vietnam a final de esta semana;  O en su defecto, ir al gimnasio a acompañar a mis hijos que decidieron ocupar parte de su mañana en ese quehacer. Al fin y al cabo, ellos me lo han pedido y yo se lo he prometido…No. Esta vez no.  En esta ocasión, decido lanzarme a experimentar el sabor que guarda el romper una promesa y me dispongo a dedicar este tiempo para mi, en lugar de hacerlo para otros con la excusa de que ellos me necesitan.

Llevo un tiempo observando con ojo crítico mis reacciones ante determinadas situaciones. Voy descubriendo para mi sorpresa cada vez con más frecuencia que muchas de las decisiones que tomo a diario están o bien dirigidas o bien influidas por el miedo. El miedo en sus infinitas formas, oculto en un sinfin de pretextos o justificaciones.

¿Porqué no me siento a escribir más a menudo si es una actividad que me llena y me hace sentirme completa?¿No es absurdo? Mi respuesta a estas preguntas y el hecho de no ser más constante escribiendo, a pesar de ser un deleite para mi, la encuentro en el interior de una niña asustada. Una niña que teme ser juzgada y a la que le aterroriza una posible falta de eco de sus palabras.

Intuyo que lo mismo sucede en relación a otros proyectos y actividades que me cuesta emprender. Encuentro obstáculos en el camino que puedo llegar a advertir como insalvables.  Al margen de la magnitud de la motivación que me mueve y en más ocasiones de las que me gustaría reconocer. Multitud de veces, a este irritante bloqueo, le he llamado pereza. Pero ahora veo de manera cristalina e incuestionable que se trata de miedo.

Me considero muy afortunada por que la vida me ha regalado una sensibilidad extrema. Hasta hace no mucho tiempo no he abrazado y aceptado este maravilloso presente en su totalidad, sin reparos y con entusiasmo. Gracias a él, puedo conectarme con las distintas emociones y preguntarles el motivo por el que están ahí. Y creedme, siempre hay un motivo.

Es el miedo la emoción que me viene rondando de forma más insistente en esta  última temporada. Y resulta muy interesante observarlo. Porque ahora que lo veo, y por tanto, lo reconozco, siento que millones de puertas se abren ante mi. Ya no hay obstáculos insalvables. Ya no hay excusas que se quedan archivadas en la lista de sueños pendientes de cumplir. Sólo miedo. MIEDO.

Qué maravillosa revelación. Una vez reconocida la emoción, siento que el trabajo más difícil está hecho.

El miedo es intrínseco al ser humano. Es una emoción que tiene como objetivo fundamental protegernos. Pero la protección no es sinónimo de bloqueo. La protección tiene sentido en su momento y en una época evolutiva concreta tanto del ser humano como colectivo como del ser humano a nivel individual.

Presiento que el motivo por el que percibo el miedo de manera tan clara y además puedo identificar su procedencia, es por que es el momento de pasar a la acción. Es el momento de empezar a caminar, de mirarlo de frente, de darle la mano y por un instante, fundirme con él hasta que lo sienta de manera consciente y profunda en todo mi ser. Y entonces atravesarlo, experimentar su densidad, su peso, su importancia, su valor.

Lo visualizo como un viaje. Todo lo que pesa va quedando atrás y sólo me queda apuntar hacia adelante. El horizonte se presenta limpio, luminoso, lleno de oportunidades. Las nubes que me impedían ver el paisaje se disipan y veo mi sueño mucho más cerca. Lo palpo, lo reconozco por su nombre, lo saboreo.

Avanzar en la senda no deja de ser dificultoso. En la medida en que voy venciendo dificultades, una por una, paso a paso, en un equilibrio entre poner de mi parte y dejar hacer al espíritu, se abren puertas frente a mi. Opciones inagotables a las que destinar los dones de los que gozo. La vida vuelve a cobrar sentido, una vez más.

Siempre que busco, encuentro.

Desde mi experiencia te aliento a levantarte, a dejar que la tormenta te atraviese, sin huir de ella. Ha venido para hacerte sentir vivo, para recordarte quien eres y lo que has venido a hacer. Considera la lluvia, los truenos y los relámpagos como un privilegio, una oportunidad más que te da la vida de ir más allá de tus miedos. De perseguir tus sueños.

 

 

El regreso

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Se siente raro pero a la vez familiar. Estar aquí sentada, en el salón de casa, frente al mar, escribiendo. Lo he echado muchísimo de menos. Mucho. Es una de las ocupaciones que hacen mi vida más equilibrada y que afortunadamente me trae paz. Ha habido una razón de peso por la cual los últimos meses han sido baldíos en términos de produccion literaria y os la quiero contar.

He estado concentrada en mi cuerpo luminoso. Imagino que muchos os preguntaréis qué es ese novedoso concepto de “cuerpo luminoso”.  Pues para el que tenga curiosidad por saber más y esté abierto a algo diferente, explico que el cuerpo luminoso es esa parte de nosotros que se sitúa mas allá de nuestro cuerpo físico pero que forma tanto parte de nosotros como el cuerpo que podemos ver y tocar.  Es la parte energética de nuestro cuerpo, y como parte intrínseca nuestra, también hay que cuidarlo. Y en ese cuidado he estado embebida.

He viajado por los cuatro puntos cardinales sintiendo cada etapa del viaje muy adentro. En lo más profundo de mis entrañas. Y sin necesidad de ir a ninguna parte.

He viajado al sur, donde la serpiente me esperaba, sigilosa, paciente, expectante. Me topé de frente con ella y me miró a los ojos. Me preguntó si de verdad estaba preparada para dejar atrás toda una vida. Y lo hizo con elegancia, sin drama, con la sabiduría de lo antiguo, de quien ya lo ha visto todo, o casi todo.

Me armé de valor, y le dije que sí. Lejos de armarme con armadura para afrontar este viaje, o para estar preparada para un posible combate, me despojé de una de las tantas capas de blindaje que cubrían mi cuerpo. Como la serpiente suavemente se despoja de su piel. Y me sentí más ligera. Mucho más ligera.

Después viajé al Oeste, donde los vientos soplan fuerte, muy fuerte, y hay que agarrarse con gran firmeza para no ser arrastrado y herido de muerte. Allí me encontré al Jaguar, negro como obsidiana, sus ojos pura luz. Me pidió que dejase mis miedos atrás. Que aprendiese a convivir con ellos. Que no fuesen un obstáculo en el proceso en el que yo me había embarcado, sino todo lo contarrio. Me enseñó a identificarlos y a hablarles con mimo, con compasión. A abrazarlos para hacerles sentirse queridos y aceptados. A escucharlos pero no a obedecerlos. Hoy son parte de mis guías, esos miedos. Algunos han desaparecido, otros nuevos aparecen, emergiendo a la superficie de mi consciencia. Los escucho y los honro, no les dejo tomar el mando. Gracias Jaguar.

Más tarde me adentré en el Norte. El colibrí, la sabiduría. Toda la fuerza y la energía del mundo no me bastarían para emprender mi viaje épico. El colibrí me tendió sus alas y me sugirió beber de la fuente del saber. Me invitó a confiar en mi conexión con esa fuente.  Abracé a mis abuelos, a mis bisabuelos, a sus padres y a los padres de sus padres. Les dije que les quiero,  que les necesito. Me di cuenta de que son parte de mí y yo parte de ellos. Los traje a mi consciencia y perdoné. Aunque en realidad, no hay nada que perdonar. Les agradecí sostenerme y les hice un lugar en mi corazón.

El último trayecto me llevó al Este. Al lugar del amanecer. Allí donde dirijo mi mirada para reverenciar al sol en la mañana. Poderoso, espléndido, eterno. En el Este, el cóndor abrió sus majestuosas alas y me invitó a acompañarlo. Me embelesó el paisaje que contemplé desde las alturas. Aprecié que mi vida adquiere un significado diferente si soy capaz de observarla con perspectiva. Desde un más allá incluso más elevado que las más prominentes montañas. Y disfruté la experiencia.  Procuro replicarla cada vez que me pierdo en mi misma, en el estrecho laberinto de mi mente. Para no olvidar hacia donde me dirijo, y porqué estoy aquí.

Estos últimos meses no han sido fáciles, he trabajado duro. Una montaña rusa de emociones ha estado presente en mi día a día. Ha hecho tambalear ese equilibrio tan difícil en más de una ocasión. Pero lo más importante y gratificante de todo, como cada proyecto que se empieza y se acaba, es que me ha dejado múltiples experiencias muy valiosas y muchísimas nuevas herramientas para seguir llevando el timón de este emocionante viaje épico que es mi vida.

 

 

 

 

​Si lo pintas, lo dejas atrás​

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Rabbit Run, de Lydia Janssen

 

Ayer estuve en la inauguración de una exposición de pintura de una artista maravillosa que el destino me ha otorgado la fortuna de conocer. La admiro infinito. Admiro la pasión que derrama sobre lo que hace. Y admiro sobre todo, la capacidad que tiene de al posar la brocha sobre el lienzo, ir pasando páginas de su vida para concluir en paz sus distintas etapas.

Las pinturas que ayer tuve la oportunidad de disfrutar, mis sentidos más despiertos que nunca, hablaban de los últimos años vividos por Lydia. Años llenos de cambios, de nuevas experiencias vitales, de procesos de adaptación, de despedidas de viejos yoes y bienvenidas de nuevos. Ella viviendo la vida en su máxima expresión. Nunca la vida viviéndola a ella.

Escribo sobre la emocionante experiencia vivida ayer y siento como los ojos se me llenan de lágrimas. Me emociono. Siento su viaje como mío. Y me doy cuenta de que las experiencias externas que me tocan profundamente lo hacen porque encuentran una resonancia en mi viaje particular.

El momento de la vida que atravieso despierta en mí la necesidad de desprenderme de antiguos patrones, de formas de actuar, de actitudes y creencias que ya no me sirven. Y mientras busco la manera idónea para lograr mi objetivo, no puedo evitar el impulso de juzgarme y criticar esas características ya inservibles de mi ser. Tengo la tentación de preguntarme porqué han convivido conmigo durante todo este tiempo, si realmente me han beneficiado y en qué medida me han perjudicado. Y entonces me doy cuenta de que precisamente el juicio es uno de los rasgos de mi persona de los que me quiero desprender. Sin más dilación. De una vez por todas.

He decidido no juzgarme. No juzgar mi pasado. No juzgar quién hasta ahora he sido ni tampoco mi manera de vivir. Por el contrario, quiero honrarme y dar las gracias.

Imagino que la piel de la que me voy a desprender es como la piel de la serpiente. Esa piel que me ha dado calor en los momentos de frío. La piel que me ha permitido deslizarme sobre terrenos lisos, rocosos, gélidos o abrasadores. Esa piel que me ha dado seguridad. La piel que me ha proporcionado una identidad. Piel que me ha acompañado durante tantas lunas que solo de pensar en mudarla atisbo dolor.

Pero es un proceso natural. No se puede detener. Una vez que ha comenzado, la única alternativa que considero es acompañarlo, darle la mano, la bienvenida. Observar y disfrutar su belleza.

¿Cómo no iba a honrar a la piel que me ha permitido llegar hasta aquí? ¿Cómo no iba a honrar a ese yo que es semilla de todos los yoes que vendrán detrás? Renunciar a honrarla sería como negarme a mí misma. Como darle la espalda a toda una vida. Sería rechazar mis partes oscuras y quedarme solo con la parte de luz que hasta ahora soy capaz de identificar en mí.

Acepto conscientemente el deseo de sentirme completa. Y como anhelo sentirme completa, voy a procurar mirar a la cara sin avergonzarme a esas partes que no me gustan de mí. Deseo lograr darles un nombre, poder evocarlas y ser afectuosa con ellas. Mimarlas sin restricciones, porque ellas también se merecen mi aceptación.

Nada en la vida es pureza absoluta. No hay luz sin sombra. Hambre sin saciedad. Calor sin frío. Alegría sin tristeza. Compañía sin soledad. Y esa es la hermosura. Nuestra luz existe gracias a nuestras sombras. No tendría por tanto ningún sentido juzgar mis sombras pues son indisolubles y van unidas de la mano con mis partes de luz. Como el Ying y el Yang. Como la vida y la muerte.

Aceptar esas sombras se me antoja un proceso incómodo y embarazoso.

Pero confío plenamente en que este proceso de integración desencadenará esa tan saludable muda de piel y me abrirá la puerta a una conciencia más libre, más vívida y más al servicio de los demás.

 Queridos lectores, gracias por leerme. Compartir con vosotros este proceso desencadena una reacción catalizadora que no sería posible sin vosotros. Compañeros de este viaje por la eternidad.

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Sin objetivo

Poder sanador

 

Hoy se me antoja escribir sin ningún objetivo. Por el simple placer de dejar que las palabras se vayan posando sobre el papel. Ligeras, sin prisa, mecidas por el viento mientras encuentran su lugar. En mi mente se agolpan multitud de ideas sobre las que me gustaría dejar huella pero no sé por cuál empezar. Cierro los ojos y espero una señal.

Mi don. Voy a hablaros de mi don. Siento la necesidad de dejar por escrito la maravillosa experiencia que estoy viviendo. Para que no se me olvide. Para leerlo cada vez que me surjan dudas y me encuentre perdida. Y porque estoy segura de que hablaros de ello me proporcionará un gran alivio.  Desempañar lo que llevo dentro y compartirlo me hará sin duda más libre. Habrá quien lo entienda y quien no. Quien se acerque más a mí y quien se aleje. Quien sienta curiosidad y a quien no le atraiga en absoluto. No me preocupa. Estoy preparada para todo tipo de reacciones. Ahora sí. Es lo natural.

Hasta hace sólo unos pocos años, en materia de formas y sentido de vida, no había considerado que pudiesen tener cabida verdades diferentes o maneras distintas de orquestar el Ser. Me resulta llamativo leer de mi puño y letra esta afirmación ya que siempre me he vanagloriado de no seguir a las masas y de perseguir la autenticidad en lo que hago y a la hora de mostrar quien soy.  Nunca olvidándome de la frase con la que un profesor de la carrera cerraba el discurso del dia: “…Y de todo esto que os he contado, no os creáis nada”.

Pero es que estas diferentes formas de orquestar el Ser a las que me refiero estaban más allá de no creerme lo que me contaban. Mucho más allá.  Se encontraban allí donde yo empezaba a creer en cosas que nunca me habían contado. A creer en verdades diferentes, y no sólo a creer en ellas, sino a sentirlas.

Un buen día desenpolvé la idea de que todos y todo somos energía. Una percepción que yacía desde tiempos muy lejanos en mi subconsciente y que se abrió camino de manera repentina hacia la superficie. El concepto me empezó a parecer obvio. Lo sentía obvio.

Así se lo expresaba a las personas más cercanas a mi, las cuales, muchas de ellas, me escuchaban con notable desconcierto.

Una de las percepciones que más claras sentía, incorporaba la idea de que cuando un ser deja el mundo terrenal, abandona su cuerpo físico, pero de alguna manera, su huella o presencia energética se queda con nosotros. Es una teoría difícil de demostrar y sobre la que resulta tremendamente fácil dudar. En el entorno social y cultural en el que mi raciocinio se ha moldeado,  lo que no se ve, no existe. Salvo Dios para los creyentes, claro.

En una ocasión, en una sesión de hipnosis, mi terapeuta me pidió que expresase qué sentía que era yo. No titubeé. Soy luz, le dije. Y respiré serena. Así como si tal cosa.

Es ahora, después de años de haber experimentado por primera vez lo que os cuento, cuando empiezo a encajar todas las piezas del puzle.

A partir de ese momento, en el que empezaron a emerger en mi consciente todos esos secretos guardados, no he dejado de encontrarme en el camino con gente que ha ido revelándome de manera muy sutil cuáles eran los siguientes pasos.

Mi caminar lo ha dirigido mi intuición,  la voz del corazón. En los momentos en los que he perdido la confianza en mi misma, que ha habido muchos, siempre he tenido un ángel de la guarda que de una manera u otra me ha vuelto a enderezar en la senda de la consecución de mi objetivo, de mi propósito de vida.

En algunas ocasiones, el desvío del camino ha sido leve y el proceso de rectificación ha sido rápido y fácil. En otras, el desvío ha sido mucho mayor. Verdaderos terremotos en mi vida que han llegado para que no hubiese mas opción que la de abrir los ojos. Para recordarme que tengo una responsabilidad en esta vida y que no está en mi naturaleza eludirla.

Las señales siempre han estado ahí. La mirada atenta y el corazón preparado las van descifrando en el momento adecuado. Los encuentros que en un principio me parecieron casuales, ahora sé que no lo fueron. Uno me iba llevando a otro. Una persona me conducía a otra. Un curso sobre emociones, una hipnosis, una regresión, una sesión de reiki. Un libro recomendado, un médico naturista, una sesión de PNL. Una conversación a tumba abierta con esa persona que por lo que fuese me pedía a gritos que le contase lo que llevaba dentro.

Una vez que mi subconsciente decidió que estaba preparada, empecé a escuchar el mensaje que el universo tenía para mi. “Roseta, tienes poder sanador”, me decía una persona que conocí de “casualidad”. “Roseta, vas a ser una gran sanadora”, “utiliza tus manos para sanar”, me decía otra. “Te veo curando a mucha gente”, vaticinaba otra. ¿Cómo se puede dar las espalda a un mensaje tan claro y repetitivo?

Así que llegados a este punto en mi vida, no me queda ninguna duda sobre la naturaleza de mi don. Parece que tengo poder sanador. Tengo poder sanador. Y lo digo así de rotundo porque necesito creérmelo de verdad. Necesito confiar en ese don para poder sacar lo mejor de él al servicio de los demás. Reconocer que no es algo de mi propiedad que voy a guardar para mí si no que lo voy y quiero utilizar para motivar cambios positivos en las personas que me busquen con ese objetivo.

He tenido muchas dudas a la hora de escribir este artículo pues en cierto modo lo considero algo vanidoso. Un texto en el que hablo de mí y para más inri sobre una cualidad inherente a mi ser. Después de pasar la decisión por el rasero del corazón, rasero que utilizo cada vez con mayor soltura, la balanza se inclinó de forma clara hacia el SI voy a publicarlo.

Quiero transmitiros, lectores, la idea de que todos somos únicos. La búsqueda de aquello en lo que nos sentimos realmente dentro de nuestra piel es un viaje apasionante. Mi viaje particular resulta peculiar en entornos en los que la figura del sanador no resulta muy familiar. Sin embargo en otros, es muy común.

Intuyo que no todos los viajes llegan a realidades distantes a las que uno acostumbra a vivir. Los dones pueden estar a la vuelta de la esquina. Y es posible que seáis tan afortunados de conocerlos y disfrutarlos desde hace tiempo.

A todos, a los que conocen sus dones y a los que los buscan, os animo a que nunca dejéis de escuchar vuestro instinto, vuestra voz interior. Sin duda os llevará al lugar correcto, aunque ese lugar pueda en principio resultar desconocido o desconcertante. Hay infinitos viajes. Infinitas opciones. Tantas como personas y vidas. Somos únicos e irrepetibles y cada uno receptor de dones concretos. Siento como nuestra responsabilidad desenvolverlos, descubrirlos, mimarlos y ponerlos al servicio del universo.

Y ahora que este texto llega a su fin, observo, que empezar a escribir sin objetivo me ha llevado a hablar del camino que ha desembocado en la revelación de mi don. Y esto me hace pensar que es cuando nos dejamos llevar, cuando no nos enquistamos en lograr un objetivo, cuando es mas fácil que la energía fluya y sintamos la vida ligera y con un propósito. La propia vida nos revela nuestro objetivo. No es necesario el trabajo duro si no lanzarse al vacío sin miedo. Con confianza. Una vez preparados para responder a la llamada, sólo hay que seguir la alfombra que se va extendiendo a nuestros pies.

Se presenta ante mí todavía un largo caminar. Tengo el regalo en mis manos pero aún me queda desenvolverlo. Así que mirada atenta y corazón preparado. Dispuesta a seguir la senda que se vaya iluminando ante mi. Y a compartirlo con vosotros con cariño e ilusión.

 

 

Sigue adelante

SIGUE ADELANTE

Siempre hay un más allá. Un horizonte más amplio, una luz más brillante, una manera diferente de relacionarse.

La meta es el propio camino pues hay infinitas metas. No tiene sentido decir que ya hemos llegado pues cada final es un principio en si mismo.
Lo más apasionante de acercarse a este final que a la vez es un principio, es que nunca es como habíamos imaginado. Porque la persona que llega a ese punto no es la misma que inició el trayecto. El camino nos ha ido moldeando y madurando para que cuando alcancemos ese final de etapa, estemos preparados. Para que veamos la realidad tan clara y a falta de todos los velos como nuestros ojos toleren. Así que nuestros ojos son diferentes. Observan diferente. Cada vez de manera más nítida.

Lleva tiempo acomodar la vista a la nueva realidad. Aunque quisiera puntualizar que según yo lo entiendo, no es la realidad lo que es nuevo, si no nuestra percepción.

Si estamos acostumbrados a funcionar de una determinada manera y no nos cuestionamos si nos funciona o no, podemos seguir reaccionando ante determinadas situaciones del mismo modo durante toda la vida. Y encontrarnos así una y otra vez con los mismos obstáculos y dificultades a lo largo de nuestra existencia. Y únicamente quejarnos por volver a toparnos de nuevo con ellos, sin caer en la cuenta de que están ahí precisamente para que con nuestra creatividad, los gestionemos de forma diferente.

Sin embargo, si nos ponemos el mundo por montera y en un momento dado nos hacemos la valiente y sincera pregunta de si somos realmente felices, o lo que es lo mismo, coherentes, es muy probable que, buscando la respuesta, nos demos cuenta de que nuestro modo de vivir se ha quedado obsoleto y no nos permite avanzar. Y por experiencia os puedo decir que una vez que se ha llegado a esta conclusión, ya no hay marcha atrás. La reacción natural pasa sin remedio por buscar otras formas de funcionamiento que nos hagan la vida más ligera, más fructífera y más disfrutable.

Ya hemos dado el primer paso, el más difícil e importante. Somos conscientes de que queremos avanzar. Somos conscientes de que podemos atravesar un nuevo cortinaje, uno más. Es probable que se nos haya olvidado, pero esto ya lo hemos hecho más veces. Esta inquietud que nos conduce a dar un paso más no es nueva. Quizás no la reconocemos, puesto que la persona que se enfrentó a ella anteriormente nos resulta desconocida. Pero somos nosotros mismos, un paso más adelante, con unos ojos diferentes. Y darnos cuenta de esto es a su vez motor que sustenta el siguiente paso, el siguiente cambio.

Y entonces surgen los miedos. Ante lo desconocido, ante la apertura de esa cortina que va a dejar que entre la luz a raudales. No sabemos si la luz nos va a cegar. La ceguera nos produce temor. Sin embargo, en realidad vamos camino de lo contrario a lo que gesta este miedo. Nos disponemos a ver con más claridad. Nos acercamos a la luz.

Cruzar la barrera del miedo requiere toda una estrategia. Una estrategia parecida a la que se emplea al hacer caer las piezas de un dominó en línea. Y la palabra clave y con la que comienza el juego es confianza.

La buena noticia es que la estrategia no la tenemos que elaborar nosotros. Ni dedicar largas horas exprimiendo nuestra capacidad mental para encontrar soluciones. La buena noticia es que la estrategia ya está hecha, se hace sola. El universo la ha preparado para nosotros y sabe lo que hace falta para que las piezas del dominó vayan cayendo las unas sobre las otras y nos dirijan al lugar adecuado, en el momento adecuado.

Por eso mi consejo para ti, si has dado este primer paso, el más difícil, y eres consciente de que quieres avanzar, es que te llenes de confianza. De confianza en ti. En tu intuición. En lo que te dice el corazón. En lo que te sirve a ti. En lo que te hace sonreír y despierta tu entusiasmo. En lo que te da energía y te mueve.

El universo hará el resto y créeme, cruzarás esa barrera. Cruzaremos esa barrera. Siempre adelante.

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