Un vaivén de emociones

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Siempre me ha costado mostrar parte de mis emociones. La vida me presenta multitud de experiencias que en apariencia no dejan ninguna huella en mí. No me enojo por cosas por las que tendría motivos más que suficientes para disgustarme. No despierta en mí la tristeza como consecuencia directa de un evento triste. No en primera instancia. Estas emociones, que no me gusta etiquetar como negativas, se muestran más tarde, cuando la maniobra de respuesta a su estímulo se ha estrechado de manera notable. En la mayoría de los casos quedan archivadas en mi alma, amontonándose una sobre otra, esperando el momento de máxima saturación para emerger todas a la vez.

Sin embargo podría decir que la emoción que manifiesto de manera más natural es la alegría. Me siento feliz cuando estoy satisfecha conmigo misma, cuando alguien querido me cuenta algún logro que significa mucho para él. También cuando me concentro en cosas pequeñas que en realidad son grandes; dar un paseo al amanecer, recibir la brisa en mi rostro mientras monto en bicicleta o mirar al horizonte desde la cima de una montaña. Y por supuesto, me siento feliz escribiendo.

Como podréis observar, y en tanto que escribo caigo en la cuenta yo también, soy lenta únicamente a la hora de procesar las emociones difíciles de digerir. Es como si construyese una pared para aislarme de los acontecimientos que me producen dolor. Como si los apilase todos en un compartimento estanco que después cierro con llave. Lo peligroso es que ese compartimento, no es infinito, y de tanto en tanto hay que liberar las emociones que contiene para dar cabida a otras nuevas. Y entonces es cuando estalla la tormenta. Las nubes negras, los relámpagos, el miedo y la desesperanza se instalan en mi vida durante el tiempo necesario para que las aguas y los vientos se lleven consigo lo que ya caduca en esa estancia.

Esta particularidad mía, que intuyo comparto con más de uno y que en principio podría catalogarse como perjudicial, ha ido moldeando en parte a la persona que soy hoy. Y digo hoy, porque mañana no seré la misma. Esta vida que atravesamos, trescientos sesenta y cinco días al año y veinticuatro horas al día, va forjando ese nuestro siempre recién estrenado yo.

¿Porqué escribo un discurso sobre las emociones y el modo en que las vadeo? Lo hago, porque para mí, entre otras muchas cosas, una persona se define por la manera en que reacciona a los acontecimientos. Esta forma de reaccionar, viene determinada por nuestras vivencias y la huella que han dejado en nosotros. Y como estoy sumergida en la gran aventura de conocerme a mi misma, escribir me ayuda a evolucionar en la senda del autodescubrimiento.

Como consecuencia de esta empresa de autoconocimiento, concluyo, que gran parte de las virtudes y también de las limitaciones que me definen como persona, y que he ido amasando poco a poco a lo largo ya de más de cuatro décadas, no venían conmigo de nacimiento. Se han ido forjando con el tiempo. Son fruto maduro de un árbol que se sembró el día en que ví la luz por primera vez. El día en que tuve la gran fortuna de venir al mundo. Nací libre y me esfuerzo por cultivar esa libertad.

Después de todas estas disertaciones, me aventuro a compartir con vosotros lo que para mí es una gran verdad; ser conscientes de nuestras limitaciones, nos abre el camino hacia la libertad. Las limitaciones que hemos ido cimentando ladrillo a ladrillo, día a día, observadas y aceptadas, se convierten en retos que superar.

En este escenario, comparto mi afán por aprender y construir desde mis propias limitaciones. Entre ellas, la lentitud o incluso ausencia de reacción ante acontecimientos adversos. El afán por superar esta limitación me ha llevado a bucear en un abanico de artes y metodologías que me asisten a la hora de vivir el presente en su totalidad. Para no evadir las emociones perturbadoras. Creando espacio para que me atraviesen todas, las emociones agradables y las que no lo son tanto, sin amontonarlas en el compartimento estanco.

Y así, al tiempo que decrece mi tendencia a almacenar emociones en ese compartimento estanco, crece mi libertad. Porque me desapego de ellas. Desde el momento en que no me aferro a las emociones y las dejo ir, puedo volar más alto y llegar más lejos. Puedo vivir más intensamente y con más sentido. Por tanto, no me queda pues más que agradecer mis limitaciones por toda esta nueva libertad ganada. Sin ellas, no habría motor de superación, motivación de crecimiento. Gracias a ellas surge en mí la fuerza para emprender mi andadura cada mañana. Para vivir en gratitud, en paz con lo que venga.

 

 

 

La comunicación

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Una cortina negra. Humo espeso a través del cual no se puede ver. Una textura  gruesa, pegajosa, difícil de atravesar. Una pared que apaga el fuego de la determinación, de los sueños, de los pasos que todavía no hemos dado. A este lado de la pared estoy yo, presa de la espera de que suceda algo que sólo está en mi mano.  A este lado está mi pasado, mi historia, la definición de mí creada por elecciones y posibilidades que ya se han hecho realidad. Y también mi presente, que aparece de colores intensos y optimistas cuando me sumerjo en la totalidad de su experiencia y se marcha a lugares indeseables cuando dejo de tocar el suelo.

Mi cometido ahora consiste en encontrar la llave que me abrirá el paso hacia el otro lado. Intuyo donde se haya, su forma, su tacto, su peso y su significado. Cierro los ojos y experimento la sensación que me produce introducirla en el lugar a ella destinado. El lugar en el que su magia abrirá esa cortina, esa pared, ese velo que ahora me mantiene a la espera en este presente.

Cuanto más me concentro en su búsqueda, más consciente soy de que la llave no se halla en ningún lugar ajeno.  No tengo que cruzar montañas ni atravesar mares para llegar a tocarla. No tengo que pelearme con guardianes tenebrosos ni dragones de cuento si quiero alcanzarla. Sólo tengo que hacer un viaje para el que no necesito comprar boleto.  Atraverme a dar un salto y superar la barrera del miedo.

Voy a viajar a mi interior. Donde serenamente descansan todas las respuestas. Donde las soluciones se cuentan por miles y con alzar la mano se cogen al vuelo. Es  aquí donde está la llave. No sólo la que ahora busco, en este preciso instante, sino todas las llaves que pertenecen al presente y al futuro de las puertas de mi mundo, de mi vida.

A medida que me interno en los confines de mi ser y mi saber, caigo en la cuenta de que esas llaves están compuestas por códigos. Códigos que me resultan muy familiares y que conozco desde niña. Códigos que con los años he dejado de emplear con la espontaneidad y el frescor con que se utilizan si no se estudian celosamente las consecuencias.

Tomo conciencia de que esos códigos no son otra cosa que palabras. Ahora lo entiendo. La palabra es la llave más poderosa que jamás ha existido. La palabra desencadena una reacción cuando es utilizada. No produce indiferencia. Siempre tiene un impacto. La palabra ostenta poder para escribir la historia, para cambiar acontecimientos, para curar heridas pero también para herir. La palabra representa una parte de nosotros, nos libera o nos encadena. Tanto es así, que la palabra y el tono en el que la utilizamos producen un efecto en nuestro organismo.

El doctor Masaru Emoto estudió este proceso causa-efecto y lo plasmó de la siguiente manera; en un microscopio observó que el agua que había sido sometida a vibraciones correspondientes a palabras agradables o dichas en tonos amables cristalizaba en formas bellas. Por el contrario, si el agua se exponía a una vibración proveniente de palabras desagradables o procedente de tonos irritantes, cristalizaba en formas irregulares desprovistas de delicadeza.

Además de la reacción física, las palabras producen una reacción emocional. Y muchas veces, desencadenan todo un efecto dominó que nos lleva a lugares que ni nosotros entendemos. Son como teclas de un piano, que cuando las tocas, según como las ordenes, crean una u otra melodía.

La palabra no dicha también tiene un gran impacto, quizás incluso más que la que se manifiesta. La palabra que no se expresa queda como residuo en nuestra alma y se enquista. Al retener en nuestro fuero interno palabras que transmiten alegría, amor y agradecimiento, estamos privando al mundo, a los que nos rodean y a nosotros mismos de una experiencia de crecimiento. Ralentizamos nuestro desarrollo como personas, impedimos que crezca nuestra empatía y nos perdemos gran parte del gozo de la existencia.

Cuando guardamos palabras cargadas de frustración, miedos, tristeza o arrepentimiento, renunciamos a la liberación que produce expresar las emociones asociadas a ellas. Nos volvemos más distantes, más herméticos. Ponemos piedras en el camino de la comprensión y la compasión por parte nuestra y por parte de los demás. Restamos valor a nuestras relaciones y desaprovechamos la oportunidad de conectar más profundamente con otras personas.

La palabra es la esencia de la comunicación y la comunicación es indispensable para nuestra salud emocional. Nos despoja de las armaduras que nos hacen artificialmente fuertes y poderosos. Presenta nuestra vulnerabilidad sin reservas. Y en eso, reside nuestro verdadero poder.

 

 

 

 

 

Los milagros

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Viene Sunny a beber del néctar de las flores que brotan de las plantas de mi balcón. Lo siento batir sus alas, con rapidez, sigiloso, lo suficientemente ágil para poder mantenerse en vuelo mientras introduce su pico en la aromática flor que ya le espera. La naturaleza me saluda al amanecer. Me llena de vida. Siento como la sabia corre por las venas de los árboles anclados en el paseo frente a mi casa. Si busco el silencio, escucho su palpitar. Despiertan al nuevo día. Dibujan una sonrisa con el leve movimiento de sus ramas. Saludan a la brisa que sin querer molestar pasa a través de las hojas. Las hojas son de un verde tan intenso que estalla ante mis ojos. Detrás de los árboles se intuye el reflejo del sol en el agua. Tímidamente se asoma, sin prisa, como si el tiempo se parase para darle la bienvenida una vez más.

Me parece impresionante que este milagro se produzca un día tras otro. Lo entiendo como la forma que la madre naturaleza tiene para mostrarnos que pase lo que pase, no hay que rendirse. Cada día es una nueva oportunidad. El sol se eleva ante nuestros ojos una y otra vez, sin esfuerzo, como en una danza tantas veces reproducida que no da pie a error.

Respiro hondo. Lleno mis pulmones de aire y he aquí que encuentro el segundo milagro del día. Sólo por el simple hecho de respirar me mantengo viva. Gracias a este acto tan íntimo, para el que no necesito más que mi propio cuerpo, pongo en funcionamiento todo el engranaje de mi ser. Respiro despacio, observando como mi pecho se llena de vida. Disfruto del momento. Del milagro.

El sol ya está luciendo alto. Si me muevo unos pasos hacia adelante puedo sentir el calor de sus rayos acariciando mi piel. La temperatura sube y siento la necesidad de cobijarme de nuevo en la sombra. Disfruto de este ir y venir de luz, calor, sombra, frescor.

Abby se acerca a mí y estira sus patas delanteras desperezándose. Acaricio suavemente su pelo rizado y ella mantiene su mirada fija en mí, como si quisiera pedirme que la caricia no terminase nunca. Nunca imaginé que fuese a detentarle tanto afecto a un perro. Ni que al abrir la puerta de mi casa fuera a estar anhelando la siempre alegre bienvenida que nos regala. Otro milagro de la vida. Puro amor incondicional. Amor del que me gustaría ser capaz de presumir. Amor del que no espera nada a cambio. Que es porque es, así sin más.

No tengo prisa. No quiero correr. Quiero darle a cada momento la importancia que se merece. No se va a repetir. Nunca. Lo paladeo, lo abrazo, procuro entender qué trae consigo y lo dejo marchar.  La vida está hecha de momentos. Y no quiero perder ni uno sólo de los eslabones que la conforman.  Todos y cada uno de ellos importan. Todos.

La mañana sigue su curso. Los sonidos de la calle me recuerdan que el día avanza. Unos niños vestidos de uniforme suben a un autobús que deja a su paso un rastro de humo. Suena a lo lejos el motor de un barco. Observo la estela blanca, respiro el olor a mar y me recreo en el vaivén de las olas. Caigo en la cuenta de que es la marea otro milagro más. Otra maravilla de la creación.

Suena el timbre de una bicicleta, el ruido me espabila y doy por terminado el rito de bienvenida. Siento que después de llenarme de vida, de este depertar de los sentidos, ya estoy preparada para comenzar la jornada. Consciente de que se me brinda otra vez más, veinticuatro horas después, la posibilidad de hacer de mi día un acto sagrado.

Se me brinda de nuevo la ocasión de optar entre alternativas entre las que trataré siempre de escoger la que nutra más mi alma. O la que yo crea que lo hará. Sin miedo a equivocarme. Porque la equivocación hará de mi alguien más humano, más compasivo y me preparará para actuar de modo más certero en un futuro. Un futuro que sin duda llegará si el milagro de la vida me llama de nuevo a saludar al amanecer.

 

 

 

 

Alegría

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Tantos motivos a lo largo de un solo día para sentir alegria, comfort, bienestar. Tantos incluso en el transcurso de una hora, de un minuto, de un segundo. Estás respirando. Sí, en este momento, mientras lees este texto, estás respirando. Dirige tu atención a tu cuerpo. Observa cómo toma prestado el aire que le rodea, lo hace circular a través de él y finalmente lo expulsa…¿Qué maravilla no? Tener a nuestra disposición y sin coste alguno el combustible que nos nutre y hace posible que el cuerpo funcione y responda a nuestros estímulos. Inspiramos amor y expiramos lo caducado, lo que ya no nos hace falta. Expiramos temor.

La imperfección. Sí, la imperfección. Somos tan imperfectos que si queremos un motivo para celebrar, celebremos nuestra imperfección cada vez que seamos conscientes de ella. Aplaudámonos cuando cometemos errores. Abracémonos y derramemos sobre nosotros ríos de compasión. Qué privilegio poder seguir aprendiendo un día tras otro. Sin tener que dar explicaciones, porque todos estamos inmersos en el mismo proceso. Compartiendo entre nosotros las frustraciones, que dejan de serlo una vez que nos damos cuenta de que la imperfección nos hace bellos. Y da un sentido a nuestra vida y a nuestro caminar. Con la perfección acabaría el camino, y con él, el deleite de avanzar y comprender cada día un poquito más.

Celebremos el coraje. El coraje de mirarnos al espejo cada mañana sabiendo que somos una obra incompleta. Y celebremos también que poseemos el regalo de toda una vida para completarla. Y la libertad de poder elegir la forma de nuestra obra terminada. Celebremos la oportunidad de soñar y de proyectar esa persona que queremos llegar a ser. Sin dejar de celebrar al ser humano que ya somos.

Hagamos mentalmente una lista de los elementos y de las personas que por resultarnos habituales y familiares pasan desapercibidos en nuestras vidas. Seamos honestos con nosotros mismos. Hagamos otra lista con esos elementos y esas personas que vienen a refrescar y a dar un toque de novedad a nuestro día a día.  También los hay, aunque en ocasiones no nos demos cuenta o no les permitamos acceder a nuestro entorno vallado y supuestamente seguro.

Ambas listas florecerán y rebosarán si hacemos el ejercicio de observar la vida con los ojos bien abiertos, para que no se nos escape nada, para que el despiste y la monotonía no nos dejen en la cuneta de la apatía. Leamos esas listas una y otra vez nutriéndonos con sus abundantes frutos y celebremos todos y cada uno de ellos. Cada día, cada hora, cada minuto. Como si no lo hubiésemos hecho nunca. Como si cada vez fuese la primera.

Reconozcamos la gran fortuna de haber sido premiados con una vida en la tierra. Y de haber recibido los cinco sentidos para que no se nos escape ni un motivo ni situación de los que extraer el néctar de la sabiduría que nos otorga la experiencia de esta vida regalada. Dejémonos bañar por ella. Sin resistencias, sin condiciones.

Celebremos las dificultades que se nos presentan como oportunidades de crecimiento. Aparecen ante nosotros como herramientas para actualizar la versión de nosotros mismos a una mejor, como si de un software se tratase. Sólo hace falta que las identifiquemos como tales y no las lancemos al contenedor de las experiencias que injustamente nos ha tocado vivir. No existe la injusticia. Todo se nos otorga con un objetivo. Y considerarlo injusticia es lo que sería realmente injusto. No sacarle el jugo a una situación, sea la que sea, sería una pena y un desperdicio. Sería una oportunidad desvanecida en el horizonte.

Resulta grandioso aceptar e interiorizar que todo se puede celebrar, abrazar, exprimir y utilizar de una manera constructiva y beneficiosa para nuestro crecimiento personal.

Si añadimos la posibilidad real de experimentar esta realización mágica con las personas con las que compartimos cualquiera de las facetas de nuestra vida,  el efecto de optimismo y realización crece de manera excepcional.

Agradezcamos sin límite. Una mirada, una sonrisa, un paseo entre árboles, el canto de un pájaro, la brisa que se levanta antes de una tormenta y nos acaricia la cara. Agradezcamos las lágrimas y los sinsabores que nos permiten dejar atrás el pasado y mirar hacia el futuro con la cabeza bien alta. Agradezcamos sin más. Cuanto más agradezcamos, más motivos encontraremos para agradecer. El agradecimiento los atraerá, como si de un imán se tratase.

Y ante todo y como receta infalible para sentir alegría, Aceptemos. Aceptemos en mayúscula lo que nos trae cada dia. Aceptemos las circunstancias en las que  navegamos el curso de nuestras vidas.  Y si no las aceptamos, porque no toca, trabajemos para cambiarlas. El rechazo sin acción genera daño así que si la energía es de rechazo, conduzcámosla en otra dirección para que fluya y nos atraviese en lugar de quedarnos estancados.

Somos responsables de vivir con alegría. Somos responsables de irradiar felicidad a nuestro alrededor. No miremos a otro lado y lancémonos sin miedo a recibir todo lo que nos merecemos y nos hace vibrar. A partir de hoy. No hay tiempo que perder.

 

 

 

 

 

El miedo

 

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Se me ocurre que una de las mejores formas de sacar el miedo que habita en mi cuerpo y en mi psique es escribir sobre él. En mi agenda, en el día de hoy, leo una nota en palabras mayúsculas que dice ESCRIBIR. Se me ocurren mil excusas para no hacerlo; Puedo dedicarme a buscar el hotel en el que pasaré unos días con mi familia en Vietnam a final de esta semana;  O en su defecto, ir al gimnasio a acompañar a mis hijos que decidieron ocupar parte de su mañana en ese quehacer. Al fin y al cabo, ellos me lo han pedido y yo se lo he prometido…No. Esta vez no.  En esta ocasión, decido lanzarme a experimentar el sabor que guarda el romper una promesa y me dispongo a dedicar este tiempo para mi, en lugar de hacerlo para otros con la excusa de que ellos me necesitan.

Llevo un tiempo observando con ojo crítico mis reacciones ante determinadas situaciones. Voy descubriendo para mi sorpresa cada vez con más frecuencia que muchas de las decisiones que tomo a diario están o bien dirigidas o bien influidas por el miedo. El miedo en sus infinitas formas, oculto en un sinfin de pretextos o justificaciones.

¿Porqué no me siento a escribir más a menudo si es una actividad que me llena y me hace sentirme completa?¿No es absurdo? Mi respuesta a estas preguntas y el hecho de no ser más constante escribiendo, a pesar de ser un deleite para mi, la encuentro en el interior de una niña asustada. Una niña que teme ser juzgada y a la que le aterroriza una posible falta de eco de sus palabras.

Intuyo que lo mismo sucede en relación a otros proyectos y actividades que me cuesta emprender. Encuentro obstáculos en el camino que puedo llegar a advertir como insalvables.  Al margen de la magnitud de la motivación que me mueve y en más ocasiones de las que me gustaría reconocer. Multitud de veces, a este irritante bloqueo, le he llamado pereza. Pero ahora veo de manera cristalina e incuestionable que se trata de miedo.

Me considero muy afortunada por que la vida me ha regalado una sensibilidad extrema. Hasta hace no mucho tiempo no he abrazado y aceptado este maravilloso presente en su totalidad, sin reparos y con entusiasmo. Gracias a él, puedo conectarme con las distintas emociones y preguntarles el motivo por el que están ahí. Y creedme, siempre hay un motivo.

Es el miedo la emoción que me viene rondando de forma más insistente en esta  última temporada. Y resulta muy interesante observarlo. Porque ahora que lo veo, y por tanto, lo reconozco, siento que millones de puertas se abren ante mi. Ya no hay obstáculos insalvables. Ya no hay excusas que se quedan archivadas en la lista de sueños pendientes de cumplir. Sólo miedo. MIEDO.

Qué maravillosa revelación. Una vez reconocida la emoción, siento que el trabajo más difícil está hecho.

El miedo es intrínseco al ser humano. Es una emoción que tiene como objetivo fundamental protegernos. Pero la protección no es sinónimo de bloqueo. La protección tiene sentido en su momento y en una época evolutiva concreta tanto del ser humano como colectivo como del ser humano a nivel individual.

Presiento que el motivo por el que percibo el miedo de manera tan clara y además puedo identificar su procedencia, es por que es el momento de pasar a la acción. Es el momento de empezar a caminar, de mirarlo de frente, de darle la mano y por un instante, fundirme con él hasta que lo sienta de manera consciente y profunda en todo mi ser. Y entonces atravesarlo, experimentar su densidad, su peso, su importancia, su valor.

Lo visualizo como un viaje. Todo lo que pesa va quedando atrás y sólo me queda apuntar hacia adelante. El horizonte se presenta limpio, luminoso, lleno de oportunidades. Las nubes que me impedían ver el paisaje se disipan y veo mi sueño mucho más cerca. Lo palpo, lo reconozco por su nombre, lo saboreo.

Avanzar en la senda no deja de ser dificultoso. En la medida en que voy venciendo dificultades, una por una, paso a paso, en un equilibrio entre poner de mi parte y dejar hacer al espíritu, se abren puertas frente a mi. Opciones inagotables a las que destinar los dones de los que gozo. La vida vuelve a cobrar sentido, una vez más.

Siempre que busco, encuentro.

Desde mi experiencia te aliento a levantarte, a dejar que la tormenta te atraviese, sin huir de ella. Ha venido para hacerte sentir vivo, para recordarte quien eres y lo que has venido a hacer. Considera la lluvia, los truenos y los relámpagos como un privilegio, una oportunidad más que te da la vida de ir más allá de tus miedos. De perseguir tus sueños.

 

 

El regreso

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Se siente raro pero a la vez familiar. Estar aquí sentada, en el salón de casa, frente al mar, escribiendo. Lo he echado muchísimo de menos. Mucho. Es una de las ocupaciones que hacen mi vida más equilibrada y que afortunadamente me trae paz. Ha habido una razón de peso por la cual los últimos meses han sido baldíos en términos de produccion literaria y os la quiero contar.

He estado concentrada en mi cuerpo luminoso. Imagino que muchos os preguntaréis qué es ese novedoso concepto de “cuerpo luminoso”.  Pues para el que tenga curiosidad por saber más y esté abierto a algo diferente, explico que el cuerpo luminoso es esa parte de nosotros que se sitúa mas allá de nuestro cuerpo físico pero que forma tanto parte de nosotros como el cuerpo que podemos ver y tocar.  Es la parte energética de nuestro cuerpo, y como parte intrínseca nuestra, también hay que cuidarlo. Y en ese cuidado he estado embebida.

He viajado por los cuatro puntos cardinales sintiendo cada etapa del viaje muy adentro. En lo más profundo de mis entrañas. Y sin necesidad de ir a ninguna parte.

He viajado al sur, donde la serpiente me esperaba, sigilosa, paciente, expectante. Me topé de frente con ella y me miró a los ojos. Me preguntó si de verdad estaba preparada para dejar atrás toda una vida. Y lo hizo con elegancia, sin drama, con la sabiduría de lo antiguo, de quien ya lo ha visto todo, o casi todo.

Me armé de valor, y le dije que sí. Lejos de armarme con armadura para afrontar este viaje, o para estar preparada para un posible combate, me despojé de una de las tantas capas de blindaje que cubrían mi cuerpo. Como la serpiente suavemente se despoja de su piel. Y me sentí más ligera. Mucho más ligera.

Después viajé al Oeste, donde los vientos soplan fuerte, muy fuerte, y hay que agarrarse con gran firmeza para no ser arrastrado y herido de muerte. Allí me encontré al Jaguar, negro como obsidiana, sus ojos pura luz. Me pidió que dejase mis miedos atrás. Que aprendiese a convivir con ellos. Que no fuesen un obstáculo en el proceso en el que yo me había embarcado, sino todo lo contarrio. Me enseñó a identificarlos y a hablarles con mimo, con compasión. A abrazarlos para hacerles sentirse queridos y aceptados. A escucharlos pero no a obedecerlos. Hoy son parte de mis guías, esos miedos. Algunos han desaparecido, otros nuevos aparecen, emergiendo a la superficie de mi consciencia. Los escucho y los honro, no les dejo tomar el mando. Gracias Jaguar.

Más tarde me adentré en el Norte. El colibrí, la sabiduría. Toda la fuerza y la energía del mundo no me bastarían para emprender mi viaje épico. El colibrí me tendió sus alas y me sugirió beber de la fuente del saber. Me invitó a confiar en mi conexión con esa fuente.  Abracé a mis abuelos, a mis bisabuelos, a sus padres y a los padres de sus padres. Les dije que les quiero,  que les necesito. Me di cuenta de que son parte de mí y yo parte de ellos. Los traje a mi consciencia y perdoné. Aunque en realidad, no hay nada que perdonar. Les agradecí sostenerme y les hice un lugar en mi corazón.

El último trayecto me llevó al Este. Al lugar del amanecer. Allí donde dirijo mi mirada para reverenciar al sol en la mañana. Poderoso, espléndido, eterno. En el Este, el cóndor abrió sus majestuosas alas y me invitó a acompañarlo. Me embelesó el paisaje que contemplé desde las alturas. Aprecié que mi vida adquiere un significado diferente si soy capaz de observarla con perspectiva. Desde un más allá incluso más elevado que las más prominentes montañas. Y disfruté la experiencia.  Procuro replicarla cada vez que me pierdo en mi misma, en el estrecho laberinto de mi mente. Para no olvidar hacia donde me dirijo, y porqué estoy aquí.

Estos últimos meses no han sido fáciles, he trabajado duro. Una montaña rusa de emociones ha estado presente en mi día a día. Ha hecho tambalear ese equilibrio tan difícil en más de una ocasión. Pero lo más importante y gratificante de todo, como cada proyecto que se empieza y se acaba, es que me ha dejado múltiples experiencias muy valiosas y muchísimas nuevas herramientas para seguir llevando el timón de este emocionante viaje épico que es mi vida.

 

 

 

 

​Si lo pintas, lo dejas atrás​

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Rabbit Run, de Lydia Janssen

 

Ayer estuve en la inauguración de una exposición de pintura de una artista maravillosa que el destino me ha otorgado la fortuna de conocer. La admiro infinito. Admiro la pasión que derrama sobre lo que hace. Y admiro sobre todo, la capacidad que tiene de al posar la brocha sobre el lienzo, ir pasando páginas de su vida para concluir en paz sus distintas etapas.

Las pinturas que ayer tuve la oportunidad de disfrutar, mis sentidos más despiertos que nunca, hablaban de los últimos años vividos por Lydia. Años llenos de cambios, de nuevas experiencias vitales, de procesos de adaptación, de despedidas de viejos yoes y bienvenidas de nuevos. Ella viviendo la vida en su máxima expresión. Nunca la vida viviéndola a ella.

Escribo sobre la emocionante experiencia vivida ayer y siento como los ojos se me llenan de lágrimas. Me emociono. Siento su viaje como mío. Y me doy cuenta de que las experiencias externas que me tocan profundamente lo hacen porque encuentran una resonancia en mi viaje particular.

El momento de la vida que atravieso despierta en mí la necesidad de desprenderme de antiguos patrones, de formas de actuar, de actitudes y creencias que ya no me sirven. Y mientras busco la manera idónea para lograr mi objetivo, no puedo evitar el impulso de juzgarme y criticar esas características ya inservibles de mi ser. Tengo la tentación de preguntarme porqué han convivido conmigo durante todo este tiempo, si realmente me han beneficiado y en qué medida me han perjudicado. Y entonces me doy cuenta de que precisamente el juicio es uno de los rasgos de mi persona de los que me quiero desprender. Sin más dilación. De una vez por todas.

He decidido no juzgarme. No juzgar mi pasado. No juzgar quién hasta ahora he sido ni tampoco mi manera de vivir. Por el contrario, quiero honrarme y dar las gracias.

Imagino que la piel de la que me voy a desprender es como la piel de la serpiente. Esa piel que me ha dado calor en los momentos de frío. La piel que me ha permitido deslizarme sobre terrenos lisos, rocosos, gélidos o abrasadores. Esa piel que me ha dado seguridad. La piel que me ha proporcionado una identidad. Piel que me ha acompañado durante tantas lunas que solo de pensar en mudarla atisbo dolor.

Pero es un proceso natural. No se puede detener. Una vez que ha comenzado, la única alternativa que considero es acompañarlo, darle la mano, la bienvenida. Observar y disfrutar su belleza.

¿Cómo no iba a honrar a la piel que me ha permitido llegar hasta aquí? ¿Cómo no iba a honrar a ese yo que es semilla de todos los yoes que vendrán detrás? Renunciar a honrarla sería como negarme a mí misma. Como darle la espalda a toda una vida. Sería rechazar mis partes oscuras y quedarme solo con la parte de luz que hasta ahora soy capaz de identificar en mí.

Acepto conscientemente el deseo de sentirme completa. Y como anhelo sentirme completa, voy a procurar mirar a la cara sin avergonzarme a esas partes que no me gustan de mí. Deseo lograr darles un nombre, poder evocarlas y ser afectuosa con ellas. Mimarlas sin restricciones, porque ellas también se merecen mi aceptación.

Nada en la vida es pureza absoluta. No hay luz sin sombra. Hambre sin saciedad. Calor sin frío. Alegría sin tristeza. Compañía sin soledad. Y esa es la hermosura. Nuestra luz existe gracias a nuestras sombras. No tendría por tanto ningún sentido juzgar mis sombras pues son indisolubles y van unidas de la mano con mis partes de luz. Como el Ying y el Yang. Como la vida y la muerte.

Aceptar esas sombras se me antoja un proceso incómodo y embarazoso.

Pero confío plenamente en que este proceso de integración desencadenará esa tan saludable muda de piel y me abrirá la puerta a una conciencia más libre, más vívida y más al servicio de los demás.

 Queridos lectores, gracias por leerme. Compartir con vosotros este proceso desencadena una reacción catalizadora que no sería posible sin vosotros. Compañeros de este viaje por la eternidad.

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