Un vaivén de emociones

vaiven olas

Siempre me ha costado mostrar parte de mis emociones. La vida me presenta multitud de experiencias que en apariencia no dejan ninguna huella en mí. No me enojo por cosas por las que tendría motivos más que suficientes para disgustarme. No despierta en mí la tristeza como consecuencia directa de un evento triste. No en primera instancia. Estas emociones, que no me gusta etiquetar como negativas, se muestran más tarde, cuando la maniobra de respuesta a su estímulo se ha estrechado de manera notable. En la mayoría de los casos quedan archivadas en mi alma, amontonándose una sobre otra, esperando el momento de máxima saturación para emerger todas a la vez.

Sin embargo podría decir que la emoción que manifiesto de manera más natural es la alegría. Me siento feliz cuando estoy satisfecha conmigo misma, cuando alguien querido me cuenta algún logro que significa mucho para él. También cuando me concentro en cosas pequeñas que en realidad son grandes; dar un paseo al amanecer, recibir la brisa en mi rostro mientras monto en bicicleta o mirar al horizonte desde la cima de una montaña. Y por supuesto, me siento feliz escribiendo.

Como podréis observar, y en tanto que escribo caigo en la cuenta yo también, soy lenta únicamente a la hora de procesar las emociones difíciles de digerir. Es como si construyese una pared para aislarme de los acontecimientos que me producen dolor. Como si los apilase todos en un compartimento estanco que después cierro con llave. Lo peligroso es que ese compartimento, no es infinito, y de tanto en tanto hay que liberar las emociones que contiene para dar cabida a otras nuevas. Y entonces es cuando estalla la tormenta. Las nubes negras, los relámpagos, el miedo y la desesperanza se instalan en mi vida durante el tiempo necesario para que las aguas y los vientos se lleven consigo lo que ya caduca en esa estancia.

Esta particularidad mía, que intuyo comparto con más de uno y que en principio podría catalogarse como perjudicial, ha ido moldeando en parte a la persona que soy hoy. Y digo hoy, porque mañana no seré la misma. Esta vida que atravesamos, trescientos sesenta y cinco días al año y veinticuatro horas al día, va forjando ese nuestro siempre recién estrenado yo.

¿Porqué escribo un discurso sobre las emociones y el modo en que las vadeo? Lo hago, porque para mí, entre otras muchas cosas, una persona se define por la manera en que reacciona a los acontecimientos. Esta forma de reaccionar, viene determinada por nuestras vivencias y la huella que han dejado en nosotros. Y como estoy sumergida en la gran aventura de conocerme a mi misma, escribir me ayuda a evolucionar en la senda del autodescubrimiento.

Como consecuencia de esta empresa de autoconocimiento, concluyo, que gran parte de las virtudes y también de las limitaciones que me definen como persona, y que he ido amasando poco a poco a lo largo ya de más de cuatro décadas, no venían conmigo de nacimiento. Se han ido forjando con el tiempo. Son fruto maduro de un árbol que se sembró el día en que ví la luz por primera vez. El día en que tuve la gran fortuna de venir al mundo. Nací libre y me esfuerzo por cultivar esa libertad.

Después de todas estas disertaciones, me aventuro a compartir con vosotros lo que para mí es una gran verdad; ser conscientes de nuestras limitaciones, nos abre el camino hacia la libertad. Las limitaciones que hemos ido cimentando ladrillo a ladrillo, día a día, observadas y aceptadas, se convierten en retos que superar.

En este escenario, comparto mi afán por aprender y construir desde mis propias limitaciones. Entre ellas, la lentitud o incluso ausencia de reacción ante acontecimientos adversos. El afán por superar esta limitación me ha llevado a bucear en un abanico de artes y metodologías que me asisten a la hora de vivir el presente en su totalidad. Para no evadir las emociones perturbadoras. Creando espacio para que me atraviesen todas, las emociones agradables y las que no lo son tanto, sin amontonarlas en el compartimento estanco.

Y así, al tiempo que decrece mi tendencia a almacenar emociones en ese compartimento estanco, crece mi libertad. Porque me desapego de ellas. Desde el momento en que no me aferro a las emociones y las dejo ir, puedo volar más alto y llegar más lejos. Puedo vivir más intensamente y con más sentido. Por tanto, no me queda pues más que agradecer mis limitaciones por toda esta nueva libertad ganada. Sin ellas, no habría motor de superación, motivación de crecimiento. Gracias a ellas surge en mí la fuerza para emprender mi andadura cada mañana. Para vivir en gratitud, en paz con lo que venga.