Sin objetivo

Poder sanador

 

Hoy se me antoja escribir sin ningún objetivo. Por el simple placer de dejar que las palabras se vayan posando sobre el papel. Ligeras, sin prisa, mecidas por el viento mientras encuentran su lugar. En mi mente se agolpan multitud de ideas sobre las que me gustaría dejar huella pero no sé por cuál empezar. Cierro los ojos y espero una señal.

Mi don. Voy a hablaros de mi don. Siento la necesidad de dejar por escrito la maravillosa experiencia que estoy viviendo. Para que no se me olvide. Para leerlo cada vez que me surjan dudas y me encuentre perdida. Y porque estoy segura de que hablaros de ello me proporcionará un gran alivio.  Desempañar lo que llevo dentro y compartirlo me hará sin duda más libre. Habrá quien lo entienda y quien no. Quien se acerque más a mí y quien se aleje. Quien sienta curiosidad y a quien no le atraiga en absoluto. No me preocupa. Estoy preparada para todo tipo de reacciones. Ahora sí. Es lo natural.

Hasta hace sólo unos pocos años, en materia de formas y sentido de vida, no había considerado que pudiesen tener cabida verdades diferentes o maneras distintas de orquestar el Ser. Me resulta llamativo leer de mi puño y letra esta afirmación ya que siempre me he vanagloriado de no seguir a las masas y de perseguir la autenticidad en lo que hago y a la hora de mostrar quien soy.  Nunca olvidándome de la frase con la que un profesor de la carrera cerraba el discurso del dia: “…Y de todo esto que os he contado, no os creáis nada”.

Pero es que estas diferentes formas de orquestar el Ser a las que me refiero estaban más allá de no creerme lo que me contaban. Mucho más allá.  Se encontraban allí donde yo empezaba a creer en cosas que nunca me habían contado. A creer en verdades diferentes, y no sólo a creer en ellas, sino a sentirlas.

Un buen día desenpolvé la idea de que todos y todo somos energía. Una percepción que yacía desde tiempos muy lejanos en mi subconsciente y que se abrió camino de manera repentina hacia la superficie. El concepto me empezó a parecer obvio. Lo sentía obvio.

Así se lo expresaba a las personas más cercanas a mi, las cuales, muchas de ellas, me escuchaban con notable desconcierto.

Una de las percepciones que más claras sentía, incorporaba la idea de que cuando un ser deja el mundo terrenal, abandona su cuerpo físico, pero de alguna manera, su huella o presencia energética se queda con nosotros. Es una teoría difícil de demostrar y sobre la que resulta tremendamente fácil dudar. En el entorno social y cultural en el que mi raciocinio se ha moldeado,  lo que no se ve, no existe. Salvo Dios para los creyentes, claro.

En una ocasión, en una sesión de hipnosis, mi terapeuta me pidió que expresase qué sentía que era yo. No titubeé. Soy luz, le dije. Y respiré serena. Así como si tal cosa.

Es ahora, después de años de haber experimentado por primera vez lo que os cuento, cuando empiezo a encajar todas las piezas del puzle.

A partir de ese momento, en el que empezaron a emerger en mi consciente todos esos secretos guardados, no he dejado de encontrarme en el camino con gente que ha ido revelándome de manera muy sutil cuáles eran los siguientes pasos.

Mi caminar lo ha dirigido mi intuición,  la voz del corazón. En los momentos en los que he perdido la confianza en mi misma, que ha habido muchos, siempre he tenido un ángel de la guarda que de una manera u otra me ha vuelto a enderezar en la senda de la consecución de mi objetivo, de mi propósito de vida.

En algunas ocasiones, el desvío del camino ha sido leve y el proceso de rectificación ha sido rápido y fácil. En otras, el desvío ha sido mucho mayor. Verdaderos terremotos en mi vida que han llegado para que no hubiese mas opción que la de abrir los ojos. Para recordarme que tengo una responsabilidad en esta vida y que no está en mi naturaleza eludirla.

Las señales siempre han estado ahí. La mirada atenta y el corazón preparado las van descifrando en el momento adecuado. Los encuentros que en un principio me parecieron casuales, ahora sé que no lo fueron. Uno me iba llevando a otro. Una persona me conducía a otra. Un curso sobre emociones, una hipnosis, una regresión, una sesión de reiki. Un libro recomendado, un médico naturista, una sesión de PNL. Una conversación a tumba abierta con esa persona que por lo que fuese me pedía a gritos que le contase lo que llevaba dentro.

Una vez que mi subconsciente decidió que estaba preparada, empecé a escuchar el mensaje que el universo tenía para mi. “Roseta, tienes poder sanador”, me decía una persona que conocí de “casualidad”. “Roseta, vas a ser una gran sanadora”, “utiliza tus manos para sanar”, me decía otra. “Te veo curando a mucha gente”, vaticinaba otra. ¿Cómo se puede dar las espalda a un mensaje tan claro y repetitivo?

Así que llegados a este punto en mi vida, no me queda ninguna duda sobre la naturaleza de mi don. Parece que tengo poder sanador. Tengo poder sanador. Y lo digo así de rotundo porque necesito creérmelo de verdad. Necesito confiar en ese don para poder sacar lo mejor de él al servicio de los demás. Reconocer que no es algo de mi propiedad que voy a guardar para mí si no que lo voy y quiero utilizar para motivar cambios positivos en las personas que me busquen con ese objetivo.

He tenido muchas dudas a la hora de escribir este artículo pues en cierto modo lo considero algo vanidoso. Un texto en el que hablo de mí y para más inri sobre una cualidad inherente a mi ser. Después de pasar la decisión por el rasero del corazón, rasero que utilizo cada vez con mayor soltura, la balanza se inclinó de forma clara hacia el SI voy a publicarlo.

Quiero transmitiros, lectores, la idea de que todos somos únicos. La búsqueda de aquello en lo que nos sentimos realmente dentro de nuestra piel es un viaje apasionante. Mi viaje particular resulta peculiar en entornos en los que la figura del sanador no resulta muy familiar. Sin embargo en otros, es muy común.

Intuyo que no todos los viajes llegan a realidades distantes a las que uno acostumbra a vivir. Los dones pueden estar a la vuelta de la esquina. Y es posible que seáis tan afortunados de conocerlos y disfrutarlos desde hace tiempo.

A todos, a los que conocen sus dones y a los que los buscan, os animo a que nunca dejéis de escuchar vuestro instinto, vuestra voz interior. Sin duda os llevará al lugar correcto, aunque ese lugar pueda en principio resultar desconocido o desconcertante. Hay infinitos viajes. Infinitas opciones. Tantas como personas y vidas. Somos únicos e irrepetibles y cada uno receptor de dones concretos. Siento como nuestra responsabilidad desenvolverlos, descubrirlos, mimarlos y ponerlos al servicio del universo.

Y ahora que este texto llega a su fin, observo, que empezar a escribir sin objetivo me ha llevado a hablar del camino que ha desembocado en la revelación de mi don. Y esto me hace pensar que es cuando nos dejamos llevar, cuando no nos enquistamos en lograr un objetivo, cuando es mas fácil que la energía fluya y sintamos la vida ligera y con un propósito. La propia vida nos revela nuestro objetivo. No es necesario el trabajo duro si no lanzarse al vacío sin miedo. Con confianza. Una vez preparados para responder a la llamada, sólo hay que seguir la alfombra que se va extendiendo a nuestros pies.

Se presenta ante mí todavía un largo caminar. Tengo el regalo en mis manos pero aún me queda desenvolverlo. Así que mirada atenta y corazón preparado. Dispuesta a seguir la senda que se vaya iluminando ante mi. Y a compartirlo con vosotros con cariño e ilusión.

 

 

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