Hoy estoy triste / Today I feel blue

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Hoy estoy triste. Y no voy a intentar evitarlo.

Ayer por la tarde me empecé a encontrar un tanto apática. Empecé a analizar los sentimientos que me habían acompañado en las últimas jornadas, dando marcha atrás en la semana. Me observé irascible, cansada. Me di cuenta de que en los últimos días no había percibido una realidad muy amable. A pesar de que mi semana había sido muy parecida a la anterior.

Me descubrí desenterrando la parte negativa de las cosas, algo que no es muy habitual en mí y eso hizo saltar la señal de alarma. Cualquier presencia me molestaba. Cualquier opinión me parecía absurda. Cualquier charla banal, cualquier comida insustancial.

En ocasiones pasadas, mi reacción ante una situación así hubiera sido buscar la forma de superar esa apatía, esa tristeza, esa desgana. Salir con amigos, ver una buena película, hacer deporte, darme algún capricho…

Pero hoy no. Hoy he decidido darle la bienvenida a la tristeza. Del mismo modo que tengo infinitos motivos para sentirme feliz, los tengo también para sentirme triste. Y quiero honrar esos motivos, porque lo merecen.

Quiero honrar a las personas queridas que han perdido familiares cercanos en los últimos meses y que lo están viviendo de un modo ejemplar. Quiero honrarlas y aplaudirlas.

Quiero honrar a miembros de mi familia y amigos que están batallando por su salud. Que sepan que su lucha es también mía.

Quiero honrar a los pueblos que viven guerras interminables, en especial a los niños y a las personas más vulnerables.

Quiero honrar a todos aquellos que sufren injusticias de cualquier clase. A los que la historia no les ha concedido el privilegio de vivir con dignidad.

Me considero afortunada cuando puedo vislumbrar y darle forma a las causas de mi desaliento. No siempre es así. No siempre soy consciente.  No siempre tengo la serenidad para sentarme con la tristeza y tomarla de la mano.

Y tengo que decir, aunque pueda chirriar, que el encuentro con la tristeza es un encuentro placentero. Es un encuentro de paz. Es un encuentro de aceptación. Es un verdadero alivio abandonar la pelea contra la tristeza y consentir que se abra sin prejuicios este nuevo compartimento en mi alma. Quitarle el candado de forma definitiva y dejarlo a merced de lo que tenga que venir.

De alguna manera, siento que la tristeza tiene que atravesarme. Como un ejercicio de depuración. Entrar por un rincón de mi alma y llevarse en su camino hacia la salida, como un soplo de aire frío, todas las impurezas que con el tiempo han ido sedimentando.

Mientras se queda conmigo, me siento pequeña, vulnerable. Una ligera lluvia me va calando muy despacio y no encuentro fuerza ni guía para buscar refugio.

Me parece que va a durar siempre. El futuro próximo se me antoja nublado por un filtro que no por familiar resulta menos desconcertante.

Caigo en las trampas que tiende el dolor. Me rebelo contra las personas y las situaciones más próximas a mi. No se me ocurre buscar las respuestas en mi interior. Hasta que me digo a mi misma que el dolor es dolor. Y la vida difícil.

Recuerdo a mi gran admirado Eckhart Tolle diciendo que una vez que asumes que la vida es dura, todo es más fácil. Más fácil no sé, pero sí más real. O al menos me lo parece a mí.

Y eso que yo llamo realidad es lo que me permite entender mejor al ser humano. Ser consciente de mi propia realidad me ayuda a entender emociones que observo en gente cercana, en conocidos e incluso en personas que  pueden parecer ajenas a mi vida pero que forman parte de ella. Porque sienten, porque sufren, porque lloran, porque necesitan, porque claman ayuda.

Porque son como yo. Y a lo mejor hoy, también están tristes.

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Today, I feel blue. And I am letting it be.

I started to feel a bit apathetic yesterday evening. I looked back on the week, analysing the feelings that had been arisen in me during the last days. I found myself irritable and tired. I realised that I hadn’t perceived the kindest side of reality over the past days. Even the present week being very similar to the week before.

I spotted myself looking at the dark side of things. And since I don’t normally act in such a way, I took it as a warning sign. Any presence bothered me. Any belief seemed nonsense. Any chat became banal, and any meal, tasteless.

Some time ago, I would have tried to cover up the feelings of sadness and apathy doing something that cheered me up. I would have organised a movie night with friends, planned to do some sports, pampered me somehow…

Not today. Because I have decided to welcome sadness.

I do have infinite reasons to feel happy and the same number to feel sad. And I would like to honour my reasons to be sad since they do deserve to be honoured.

I would like to honour my loved ones. Specially those who have said goodbye to close relatives over the last months. I would like to honour and applaud them for their exemplary strength.

I would like to honour family members and friends that are fighting for their health. I would like to let them know that their fight is also mine.

I would like to honour nations that are victims of never ending wars, specially the kids and the most vulnerable human beings.

I would like to honour people that suffer any kind of injustices, people that are not allowed lo live with dignity.

I feel fortunate for being able to identify and welcome the reasons for feeling discouraged. It is not always the case. I am not always aware. I don’t always feel serene enough to be friends with sadness.

And I have to admit, even if it does not seem natural, that meeting sadness can be pleasant. It means to be in peace. It means acceptance. It is a relief to stop fighting against sadness and allow my soul to embrace it instead. To unlock the door and welcome this feeling whenever it has to come.

Somehow, I have the sense that sadness has to go through me. As a purification process. It has to come into my soul and sweep along all the impurities as if it was a cold breeze.

While sadness stays with me, I feel small, vulnerable. I am soaked by a light rain and I don’t find the strength or guidance to look for a refuge.

It seems that it is going to last forever. The near future looks as cloudy as I have seen it  in another occasions before, and this makes me feel uneasy.

I feel trapped by the tricks of pain. I rebel against close people and situations. It doesn’t come naturally to look for the answer inside of me. Until I realise that pain is just pain. And life is difficult.

My admired Eckhart Tolle says that once you realised that life is hard, everything becomes easier. I am not sure. For me, it becomes more real.

What I name reality, allows me to understand human beings better. If I am aware of my own reality, I can understand emotions and reactions in other people. People that are either close or distant but that belong to my existence at the end. Because they feel, because they suffer, because they cry, because they need, because they clamour for help.

They are like me. And maybe they also feel blue today.

 

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La sabiduría del tiempo / The wisdom of time

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Cuando hace algunos años hice un curso de Educación de las Emociones, se me quedó grabado a fuego uno de los relatos recopilados. En él, un individuo visitaba a un viejo sabio para pedirle consejo. Narra el relato que durante la visita, el sabio, escuchó atentamente la consulta del individuo y con los ojos entrecerrados le contestó: “vuelve mañana”. Y cuenta también, que tras la respuesta del sabio, el individuo, decepcionado, torció el gesto y salió de la habitación con paso rápido e impaciente.

Cuantas veces me descubro a mi misma reaccionando de la misma forma en que lo hizo aquel hombre. Cuantas veces busco una respuesta rápida y certera. Y cuantas otras creo tener la solución cuando en realidad estoy a años luz de ni siquiera imaginarla.

Vivimos en una sociedad en la que se vanagloria la velocidad.  Cuantas más cosas seamos capaces de hacer en menos tiempo, más valiosos somos. Todo está organizado de manera que empleemos el menor tiempo posible en las tareas que se consideran tediosas y no nos damos cuenta de que el adjectivo “tedioso” lo asignamos nosotros al ejecutarlas en lugar de disfrutarlas.

Me he dado cuenta de que el poder disfrutar de cada cosa, de cada situación, depende en gran medida de la actitud con la que nos enfrentemos a ella y del valor que nosotros mismos le demos.

Y como consecuencia de este hallazgo, libremente, me dispongo a disfrutar.

Reivindico el placer de ir a la compra y pasar un buen rato. Elegir los productos uno a uno, tocarlos, olerlos, colocarlos en la cesta con delicadeza. Saludar a la cajera, preguntarle como le ha ido el día y despedirme con una sonrisa.

Reivindico el placer de calentar agua para mi té en el cazo y observar como van subiendo las burbujas desde el fondo. Servirlo humeante en la taza y esperar a que vaya perdiendo temperatura mientras miro al infinito.

Reivindico acompañar a mis hijos en su ritmo pausado, en lugar de al mío, acelerado, como este mundo. He descubierto que ellos no son lentos,  nosotros vamos rápido.

Reivindico el paseo, sin destino ni objetivo, por el mero deleite de sentir que estoy viva y el cuerpo me responde.

Reivindico el placer de prepararme con sosiego para el nuevo día. Sentir el agua templada de la ducha sobre mi piel y absorber el aroma a limpio y fresco. Elegir con mimo la ropa que envolverá mi cuerpo y contribuirá de manera temporal a mis señas de identidad.

Reivindico dedicar tiempo a la lectura de un libro sin la urgencia ni necesidad de que me “sirva” para algo. Disfrutar de la capacidad para entender lo que leo y ponerme en la piel de la persona que lo escribe. Pasar las páginas sintiendo la textura del papel e identificar el olor a impresión.

Reivindico saborear los platos en mis comidas. Diferenciar las texturas, reconocer los ingredientes, agradecer el alimento.

Reivindico ver salir el sol cada mañana en el horizonte. Observar como va subiendo despacio, sin prisa, al ritmo de su propio latido.

Reivindico escuchar las noticias asimilando lo que escucho. Con conciencia. Descifrando los mensajes codificados que nos hablan de lo mucho que este mundo nos necesita.

Reivindico la disposición para dejar a un lado mis tareas cuando un amigo me pide auxilio.

Reivindico, en definitiva, todo lo que me ayude a vivir y a disfrutar del presente tal y como se me ofrece. Sin reaccionar ante él, escoltándolo en su transcurrir irrepetible e instantáneo.

Y por supuesto, reivindico darle permiso al tiempo para que madure mis acciones y decisiones. Quizás algún día, de esta manera, disfrute de la paz y serenidad que emana de las personas sabias.

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I remember very clearly a tale that I was told some years ago, when I followed a course aimed at the education of emotions. The tale told of a man who visited a wise old monk in search of advice. After being asked for guidance, the aged man half-closed his eyes and following a long silence, he said; “come back tomorrow”. The advice seeker, showing disappointment and disillusionment, quickly walked towards the door and left the room and the monk behind.

Many times I have seen myself acting in the same way that the man of the tale did. And so many times I try to find a quick and accurate answer. Some other times, I feel I have definitely found “the solution” when in reality, I am far away from even imagine it.

Speed is very much appreciated in our society. We are valued for achieving the maximum amount of things in the shortest time. Everything is organised so we don’t have to spend too much of our days doing tiresome tasks and we don’t realise that they are tiresome because we have transformed them to be as such.

I have realized that enjoying situations and things depends on our own attitude and on the value that we do give to them.

And as a consequence of this discovery, I freely decide to enjoy.

I reclaim the enjoyment of doing my shopping while having a good time. Taking my time to select the products, smelling and touching them, and carefully put them inside the basket. Greeting the cashier and asking her about her day before saying goodbye with a smile.

I reclaim the pleasure to boil water for my tea in a pot and notice the bubbles slowly coming up from the base. To serve the steaming tea into the mug and wait while staring at infinity until the temperature of the tea drops.

I reclaim a stroll with my children at their own pace, instead of mine, speedy as this world it is. I have realised that the children are not slow but we adults, move at high speed.

I reclaim a walk without a goal or a  destination. Just enjoying the act of walking and feeling alive.

I reclaim the pleasure to get ready for the new day in a slow mode. Feeling the warm water from the shower over my skin and absorbing the fresh fragrance of a clean body. To carefully choose the clothes that I will wear for that day and which will in a way talk about how I am feeling and who I am.

I reclaim quality time for a good book without the need or urge to get something especific from it. To enjoy just the facts that I am able to understand what I read and I can see through the writer’s eyes. Turning the pages and feeling their texture, inhaling the printing scent.

I reclaim the act of savouring my meals. To Identify the ingredients and feel the different tastes.  To be thankful for the nourishment.

I reclaim the opportunity to see the sunrise everyday. To watch the sun slowly coming up at its own beat rhythm.

I reclaim the stillness to listen to the news counciously. Trying my best to understand what it is that the world needs from me.

I reclaim the ability to listen to my friends needs and have the courage to give them time.

I ultimately reclaim all of what makes me live and enjoy the present moment as it comes. Without reacting against but escorting it on its instantaneous flow.

And of course, I reclaim the bravery of allowing time for my actions and decisions to become mature. This way, maybe one day I will enjoy peace and serenity that exudes from wisdom.

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